Jorge Luis Borges o la respiración de la inteligencia

PHILOLOGÍA

Revista de Filología Hispánica

Departamento de Lengua Castellana y Literatura

IES Los Cantos

ISSN 2254-4224

***

Por Vicente Cervera Salinas. Universidad de Murcia.

Resumen: En la creación de Borges, los ensayos ocupan un lugar menos destacado desde las premisas de la recepción literaria. El “corpus” ensayístico de Borges supone, por tanto, la liberación máxima de los mecanismos creativos específicamente literarios de toda su obra. Cabe afirmar que en el género ensayístico nos muestra su auténtica modalidad intelectiva, vía para el encuentro del hecho estético. Una estética que Borges ha creado y cuyas raíces se hunden en la sima de la abstracción.

Palabras clave: J. L. Borges, ensayos, liberación, inteligencia.

Summary: Among  Borges’ works, the essay is in a less highlighted place under the premises of the reader-response criticism. Therefore, the body in Borges’ essays stands for the highest freeing of creative mechanisms, specifically literally, of all his work. Moreover, through this genre, he shows his authentic intellectual type, which channels the confluence of the aesthetic subject. It is a kind of aesthetics which Borges has developed and whose roots dig into the pit of abstraction.

Keywords: J.L. Borges, essays, freeing, intelligence.

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“Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos,
 son la normal respiración de la inteligencia.”
(Jorge Luis Borges)

Dentro de la obra completa de Jorge Luis Borges, los ensayos ocupan un lugar menos destacado desde las premisas de la recepción literaria, tanto en su repercusión crítica más especializada, cuanto en la generalización del público lector, habiendo sufrido un eclipse con respecto a la obra más estrictamente imaginativa del autor argentino. Este hecho, sin embargo, implica la imposibilidad de un conocimiento totalizador de su literatura, por cuanto Borges suele expresar mediante el ensayo las formulaciones más depuradas de un pensamiento expresado en la libertad plena de su reflexión. Ello sucede, además, sin la necesaria sumisión a los dictámenes que impone la construcción de sus ficciones. El corpus ensayístico de Borges supone, por tanto, la liberación máxima de los mecanismos creativos específicamente literarios de toda su obra, y nos presenta, en relación inversamente proporcional, las aficiones obsesivas y recurrentes de una mente afincada en el vasto y nunca delimitable dominio de la literatura.

Cabe, por tanto, aseverar sin temor a la desmesura del juicio, que es en el llamado género ensayístico donde se nos muestra la auténtica modalidad intelectiva, llámese sistema gnoseológico, dirección analítica de la mente especulativa o incluso índice indiscutible de los pilares electivos en que se asienta todo un universo estético. Es así mismo en este género, el ensayo, donde surge con rigurosa nitidez, en la claridad expositiva del pensamiento, la otra faz de Jano, sabiamente velada tras los versos, las rimas y los personajes. Un pensamiento desvinculado de las intencionalidades fabulísticas del hecho literario.

Sírvanos, pues, el mítico personaje de Jano como símbolo preclaro de una obra como la de Borges, indivisible y perfecta en el sentido de la unidad absoluta y la cohesión de sus elementos, cuya mirada se dirige hacia direcciones opuestas –la ficción y el pensamiento–, aunadas secretamente en un significado común e indisociable, que se aglutina en unidad cognoscitiva. Unidad bifurcada, como el doble rostro de Jano, en sus modelos expresivos, pero  única en la introspección fecunda de las paradojas inherentes a su condición humana. No resulta, consecuentemente, sino incompleta la pretensión crítica que ignore las formas sutiles del pensamiento sustentador de unos ensayos, como los forjados por Borges, a la hora de fijar las claves secretas de su obra. Claves desde las que es posible interpretar cabalmente el contenido lúcido de sus poemas y narraciones, por lo que cabe simbolizar el mundo literario específico del ensayo como el  eje y la esfera en que giran e incansablemente discurren las inquisiciones certeras y afinadas de Jorge Luis Borges.

Inquisición implica juicio, pero al mismo tiempo supone pregunta, duda, misterio, y en su recóndito origen revela sustantiva inseguridad. No otra es la realidad precisa del ensayo en nuestro autor, con la consideración esencial alusiva al destino y dirección de la pregunta, que en el caso de Borges se determina claramente en el ámbito universal y acrónico de la literatura. Inquirir la literatura sin establecer sanción ni pena, sin tan siquiera promulgar jerarquías valorativas ni sentencias definitivas: buscar tan sólo la satisfacción grata de una apetencia intelectual intensa que únicamente halla su cauce en el intrincado, pero enriquecedor, diálogo con los libros. De esta manera se consigue dibujar la tupida red de preguntas y respuestas que entre el texto y el lector surge continua e incesante. Cabe, pues, señalar el interés hacia la letra escrita, nunca letra muerta para la mirada de Borges, como la característica preeminente y definitoria de su ensayo, en consonancia con el resto de su escritura. Y sobresale igualmente el rasgo de especificidad de dicho ensayo en la visión diacrónica de un género literario completamente abierto a la variedad de entonaciones más absoluta, reveladoras de las intenciones y la personalidad del autor como ensayista; como potencial inquisidor.

Así considerado, el ensayo se convierte en instrumento idóneo, desde su naturaleza literaria, para entablar dicho coloquio. Un diálogo que adquiere, a partir de estas premisas ya de por sí especulares, una nueva dimensión que cabría calificar como especular, al establecerse como viaje de ida y vuelta en un camino donde se encuentran sus bases y su alcance. Si consideramos el ensayo como aquel modo literario en que el escritor procura someter un tema determinado a una multiplicidad de reflexiones y valoraciones que estimulen sus posibilidades teóricas, habremos de entender, consecuentemente, el sesgo peculiar del género en la escritura de Borges como el proceso de inmersión en el texto literario desde el acto de lectura como arte de conocimiento y revelación. Es, en definitiva, esta característica la aportación máxima y decisiva del ensayista argentino al género que tratamos: “Vida y muerte le han faltado a mi vida. De esa indigencia, mi laborioso amor por estas minucias. No sé si la disculpa del epígrafe me valdrá”[1]. Son palabras que, si bien revelan la ausencia de actividad pragmática como forma y experiencia vitales, explican, inversamente, la razón de ser de un proceso de revitalización literaria que se define esencial y progresivo en su obra.

A modo de reflexión, y sin pretender un análisis exhaustivo y minucioso del género como realidad histórica, sería interesante que nos detuviéramos en determinados momentos o estadios temporales de su evolución, para situar debidamente la proyección, desde el punto de vista de esa historia literaria, del ensayo borgesiano. A este respecto, partiríamos de una concepción del ensayo o tratado clásico latino, como reflexión personal acerca de un tema, cuyo representante más canónico sería Marco Tulio Cicerón, con tratados como De la adivinación o De la amistad, por citar algunos de los más famosos. Es un modelo a partir del cual cabría establecer dos direcciones claramente delimitables, según el propósito del que parta cada autor.

De este modo, es posible distinguir autores y obras como los Ensayos de Michel de Montaigne en la literatura frances, los Ensayos de Francis Bacon, en la inglesa, o el mismo Teatro crítico universal de Fray Benito Jerónimo Feijóo, del siglo XVIII español. Ejemplos, todos ellos, en los que prima la personalidad objetivada del autor como sujeto y voz ensayísticos. Éste, mediante el recurso de los juicios de autoridad secular recogidos en su exposición, presenta su criterio personal acerca del tema, objeto del razonamiento, como germen compositivo de su ensayo. Una segunda vertiente en la creación histórica del género nos presentaría otra modalidad literaria del género, que se encaminaría hacia la función inquisitiva del pensamiento, igualmente personalizada en la voz del autor-ensayista. No se trataría ahora tanto de perseguir el agotamiento de un tema a partir de las perspectivas múltiples de abordaje, en que la voz del autor participaría en el concierto de opiniones sancionadas por el tiempo y la tradición, cuanto de la manifestación y ulterior defensa, no necesariamente científica, de un punto de vista particular –y, en la medida de lo posible, original– acerca del tema pertinente, que comportaría así un estilo de entonación más subjetivo.

Esta segunda modalidad involucra personalmente al escritor, ya que en su misma definición se aparta de una posición objetivada y fundamentalmente escéptica. Tal sería el caso de obras como los Pensamientos de Pascal, o incluso el de esa difícilmente catalogable creación prosística del médico y pensador inglés del XVII Sir Thomas Browne. Bástenos confrontar ciertos pasajes de estos autores para corroborar dicha dualidad tonal y confirmar el criterio que hace posible la distinción de los diversos modos del ensayo.

Así, la aguda y siempre sabia sentencia en que se formula el pensamiento de Michel de Montaigne supone una personal aportación al tema tratado, en consonancia con las voces que sanciona la autoridad, en este caso ensayando, en su modalidad más escéptica y distanciada, sobre la cualidad ‘psicológica’ de ‘los mentirosos’:

Los pitagóricos creen que el bien es cierto y limitado; el mal, infinito e incierto. Mil caminos desvían del fin, uno sólo conduce a él. No me determino a asegurar que yo fuera capaz, para salir de un duro aprieto o de un peligro evidente y extremo, de emplear una descarada y solemne mentira. Un antiguo sabio dice que nos encontramos más a gusto en compañía de un perro conocido que en la de un hombre cuyo lenguaje desconocemos. Ut externus alieno non sit hominis vice. El lenguaje es en efecto mucho menos sociable que el silencio.[2]

En esta misma dirección hemos señalado la obra de Feijóo, por cuanto participa de sus características argumentativas, pero ahora desde el pensamiento racionalista, ilustrado e incluso didáctico del original ideólogo español. Su labor ensayística está construida sobre un claro propósito de reforma y regeneración sociales, que fue firmemente propugnado por su autor: “No podrás negarme la novedad de esta obra        –advierte sentenciosamente al lector en el Tomo IV de su Teatro…. Tampoco podrás negar el designio de impugnar errores comunes sin restricción de materias”[3].

Más íntimo e interiorizado deviene el tono del escritor de ensayos en la vertiente menos objetivada del género, de la cual es claro exponente el ya citado Thomas Browne. Sirva como ejemplo cualquier fragmento de su obra: “Es un bravo acto de valor despreciar la muerte, pero allí donde la vida es más terrible que la muerte, es entonces el valor más verdadero atreverse a vivir”[4].

Incardinado dentro de esta tradición, cabría plantearse el sentido peculiar del ensayo en Jorge Luis Borges, dadas unas características tonales y de formulación temática muy propias de su literatura. En su ensayo dedicado a Blaise Pascal llegó a afirmar que “no hay nada en el universo que no sirva de estímulo al pensamiento”[5]. Dicho aserto nos ofrece la clave interpretativa acerca del signo propio de su ensayo. Afronta Borges la realización de sus planteos ensayísticos de modo análogo al método argumentativo característico del género que adoptaran Montaigne o Bacon, así como en lo relativo a la objetividad en cuanto a la plasmación del tema tratado. Sin embargo, introduce Borges una tonalidad inequívocamente personal que deriva de los máximos fundamentos de su personalidad literaria, cual es la asimilación de todo un universo de escritura asumido como única vivencia posible, y expresado, en consecuencia, con el mismo intimismo meditativo que imprimen las expresiones ensayísticas de Browne o Pascal.

Ello implica una absoluta originalidad creativa, que se desprende del hecho de haber aglutinado de manera dúctil las dos directrices preeminentes en la concepción del género ensayístico. El origen de esta perfecta simbiosis no es otro que una comprensión lúcida y una aceptación plena de un destino “hermosamente fatal”, que como Borges decretó, es propio del poeta. El destino que, como el propio autor puntualiza en su ensayo dedicado a los ‘destinos ejemplares’ de Flaubert y de Milton, de James y de Joyce, se supo siempre literario.

Ya en su primer volumen ensayístico salvado del desprecio[6], Evaristo Carriego (1930), introduce de manera subrepticia las características que serán recurrentes en su obra posterior y los lugares comunes constantes de su aplicación certera y sutil del pensamiento abstracto a la materia y sustancia literarias. Ello sucede de manera curiosa, ya que Borges se sirve para ello del pretexto temático consistente en escribir acerca de la vida y la obra de un poeta argentino entroncado con una tradición de literatura popular y gauchesca. El pretexto potencia la fusión de dos intencionalidades que terminan imbricadas en un modus operandi típico del autor: la reflexión sobre el tema propuesto. El ensayo sobre el motivo biográfico y la tradición del ‘ensayo familiar’ –de estirpe inglesa– que vira y deriva hacia el ensayo más especulativo.

El marco general y el centro temático del ensayo atañen a una valoración crítico-literaria del poeta argentino Carriego en el contexto literario y cultural del ‘martinfierrismo’ porteño. Pero a pesar de su presunta concreción, inexistente en el resto de sus títulos ensayísticos, ya apunta el criterio del pensador que deambula por laberintos inextricables y plagados de paradojas. De este modo, el tema localista de los jugadores de naipes tratado en el capítulo “El truco” de Evaristo Carriego es utilizado para la pronta introducción de una de sus más caras reflexiones arquetípicas: los jugadores terminan siendo un único y mismo jugador. Análogamente, en su indagación biográfica del sujeto Carriego, señala, con la intuición encomiable que caracteriza su literatura posterior, un aspecto auténticamente revelador de la personalidad del personaje, mostrada a través de un original estilo contemplativo:

Yo he sospechado alguna vez que cualquier vida humana por intrincada y populosa que sea, consta en realidad de un momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es. Desde la inapresable revelación que he tratado de intuir, Carriego es Carriego. Ya es el autor de aquellos versos que años después le será permitido inventar…[7]

Alcanza Borges a vislumbrar su concepto axiomático de la metafísica como fundamento y justificación de todos los temas. Se trata de una idea que vertebra gran parte de su obra completa.

El siguiente estrato de esta peculiar concepción del ensayo del autor argentino vendría dado por el primer y el último de los títulos incluidos en su segunda colección de ensayos. Discusión (1932) se abre con “La poesía gauchesca” y concluye con “El escritor argentino y la tradición”. En ambos casos hallamos lo que cabría definir como declaración de principios sustentadores de un ideario, de una formulación literaria o poética, en lo que tiene de rechazo visceral del costumbrismo como esfera teórica y formal que reduce las potencialidades universalistas de todo escritor argentino. La totalidad de Discusión demuestra abiertamente la apoyatura teórica de estos postulados y define, al tiempo, su método ensayístico.

Quizás la característica primordial del mismo sea la vocación analítica decidida a satisfacerse en sí misma, sin adoptar por ello la forma de un razonamiento rígidamente lógico como paso previo para la demostración de una teoría. Cabría definir este método como una tendencia retórica no unívocamente demostrativa, tendencia que adquiere en el caso de Borges una declarada disposición simbólica. La formulación poética de dicho enfoque simbólico es evidentemente el laberinto, que no por recurrente y explícito se nos antoja menos certero. El valor de este elemento, en su aplicación al ensayo, estaría cifrado en una actividad errante, cuya meta no sería tanto el hallazgo de una salida como el valor inherente a la búsqueda. Se nos ofrece como un continuo perderse apasionada y voluntariamente por las galerías del pensamiento, y halla una de sus expresiones más acertadas en el diseño discursivo del llamado regresssus in infinitum.

Este procedimiento especulativo ha sido siempre muy apreciado por Borges como método de análisis justificable en sí mismo y, a la vez, como el camino más apropiado para el descubrimiento de una nueva estética propia del género: la estética de la abstracción.

Una somera revisión de los títulos que integran Discusión puede servirnos como una muestra evidente de esta faceta predominante dentro del pensamiento borgesiano. “Una vindicación de la cábala”, “Una vindicación del falso Basílides”, “La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga” o “La duración del infierno”. En este último, muestra Borges las distintas especulaciones diacrónicas acerca del infierno como espacio y estado del alma, así como de los artilugios del infierno. El resultado no propone tanto una conclusión electiva como la reflexión íntima totalmente desvinculada de cualquier canon doctrinal: “Yo creo que en el impensable destino nuestro, en que rigen infamias como el dolor carnal, toda estrafalaria cosa es posible hasta la perpetuidad de un Infierno”[8]. En “La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga” plasma su interés por la lucubración y la paradoja como formas del pensamiento. Por su parte, “Avatares de .la tortuga” introduce la confesión de un antiguo anhelo así como de su materialización estilística: “Hablo del infinito. Yo anhelé compilar alguna vez su móvil historia (…). El vertiginoso “regresssus in infinitum” es acaso aplicable a todos los temas. A la estética: tal verso nos conmueve por tal motivo, tal motivo por tal otro motivo… Al problema del conocimiento: conocer es reconocer, pero es preciso haber conocido para reconocer.”[9].

Esa ambición personal que el autor manifiesta en los ensayos de Discusión será la que dicte su genial Historia de la eternidad (1936), tercer libro de ensayos, aparecido cuatro años después del anterior. En esta obra queda totalmente al descubierto una sensibilidad volcada hacia lo abstracto y a todo lo irreductible a una mera concreción racional. Esta tendencia termina articulándose en el asombro y la sorpresa que su mismo intento determina: historiar la eternidad. De este modo la revisión de mitos filosóficos de diverso tema se convierte en una incidencia de la misma obsesión borgesiana por extraer y mostrar los más profundos engarces intelectivos que organiza la trama compleja en la totalidad del tema. Son mitos como el de la circularidad del tiempo o, en estrecha conexión con él, las doctrinas de los ciclos, que se forja tanto en su origen pitagórico como en la más moderna recreación nietzscheana del mismo. El problema del tiempo cíclico es contemplado con Borges a partir de una gran variedad de perspectivas del conocimiento. Así, junto a la consideración del mito del eterno retorno en su vertiente teórica, éste queda planteado también desde otros ámbitos filosóficos: el de la más pura metafísica, representada por las ideas de Platón y de Plotino, y el de la intrincada teología, contenida en el pensamiento de la Patrística cristiana hasta llegar a San Agustín de Hipona.

Después de agotar todas estas perspectivas temáticas, cabría plantearse cuál es la postura del autor acerca del motivo de la eternidad tan continuamente interrogado a lo largo del tiempo. La última paradoja del estilo borgesiano –“El estilo del deseo es la eternidad”– resulta ser la reducción final al absurdo de todo su sistema especulativo. Es una conclusión que surge al concluir con la demostración sobre la falacia del concepto de eternidad: “¿Cómo pude no sentir que la eternidad, anhelada con amor por tantos poetas, es un artificio espléndido que nos libra, siquiera de manera fugaz, de la intolerable opresión de lo sucesivo?”[10].

Una misma visión arquetípica del universo literario es la que subyace al resto de los ensayos que configura Historia de la eternidad en una sutil aplicación de ciertos procedimientos estilísticos que de por sí simbolizan la literatura como forma. Es el caso de “La metáfora” y su correlato germánico primitivo “Las Kenningar”, ensayos donde supedita el autor una interpretación meramente crítica del fenómeno del tropo a favor de un acomodo intelectual a un sistema personalizado y habitual de meditación. El interés del autor por el fenómeno de la traducción, como mecanismo esencialmente creativo en el ámbito de lo literario, se cifra en su magnífico ensayo “Traductores de Las mil y una noches”, que también integra en volumen de 1936.

Este mismo sistema va a preludiar el siguiente –y más integral– libro de ensayos: Otras inquisiciones (1952). Se trata de una obra que respeta un concepto similar del género ensayístico como construcción específica en la que el autor deja claramente impresa su huella al evitar la relación final y recíproca entre lo aducido analíticamente y lo sentido intuitivamente. Esta peculiaridad borgesiana, en relación con el género del ensayo, procede de su asimilación antigua del pensamiento ensayístico inglés, tan caro a su formación y a su estirpe. Un autor muy frecuentado por Borges como es Gilbert Keith Chesterton legó excelentes ejemplos al respecto, donde muestra esa función tentativa del género, así como la vinculación tan personal entre las huellas de la reflexión y el sentimiento y la emoción que dicho itinerario produce en la mente del autor. Un ejemplo como la “Defensa del desatino” del novelista inglés ilustra el linaje ensayístico de Borges. Tras el recorrido tentativo por los conceptos de desatino y fe, Chesterton concluye con un efecto sintético muy parecido a la emoción que nos puede suscitar el hallazgo final de una imagen poética:

Desatino y fe (por extraña que pueda parecer la conjunción) son las dos aseveraciones simbólicas del hecho de que sondear el alma de las cosas con un silogismo es tan imposible como sondear a nuestro Leviatán con un anzuelo. La persona bien intencionada que, por el mero estudio del lado lógico, ha decidido que “la fe es desatino”, no sabe con qué precisión habla; más tarde puede volver a él bajo la forma de que el desatino es fe[11].

Un bellísimo exponente de esta sui generis manera ensayística lo constituye “La esfera de Pascal”. Aquí se nos revela Borges como el ensayista perfecto. Y lo hace, entre otras razones, en su voluntad de desintegrar  o deshacer la noción de la cita, del ‘intertexto’ como autoridad incuestionable, y al ampliar simultáneamente el horizonte de las referencias culturales a unos ámbitos que no se limitan a la cultura occidental. “La esfera de Pascal” concibe el ensayo como circunferencia, y de esta manera armoniza su contenido con su estructuración formal. En el centro de la esfera, que está en todas partes, que es ubicua y por lo tanto contiene el sema implícito de lo eterno, Borges estampa diversas entonaciones históricas de una metáfora esencial. Cada una de ellas aboceta un episodio ilustrativo de la historia del pensamiento humano.

Resulta genial el procedimiento, puesto que, mediante un sabio laconismo expresivo, consigue el autor bosquejar los diferentes períodos históricos y definirlos merced al empleo similar pero, al mismo tiempo, diverso de una misma metáfora. La edad precristiana, donde la esfera metaforiza la armonía perfecta y clásica; la edad cristiana, donde es icono del pensamiento teológico visto a la luz de la astronomía ptolemaica; la edad renacentista, donde la liberación humanística del Dios central supone un giro copernicano para el pensamiento, la acción y el arte… son tres ‘episodios’ definitivos en el decurso de la humanidad. Pero los tres desembocan en una edad moderna donde la alegría y la libertad del hombre se truecan en sensación de pérdida, de angustia, de vértigo. Surge así la esfera de las esferas, es decir, la que entonó Pascal, “en aquel siglo desanimado” donde “el espacio absoluto que había sido una liberación para Bruno, fue un laberinto y un abismo”. Pascal, según Borges,

 Aborrecía el universo y hubiera querido adorar a Dios, pero Dios, para él, era menos real que el aborrecido universo; deploró que no hablara el firmamento, comparó nuestra vida con la de náufragos en una isla desierta. Sintió el peso incesante del mundo físico, sintió vértigo, miedo y soledad, y los puso en otras palabras: “La naturaleza es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna”[12].

El más genial de los ensayos de Borges es también un ‘ensayo’ definitivo del género, porque él mismo evidencia formalmente su contenido. El ensayo también es una esfera, cuya circunferencia está en todas partes –en cada una de las entonaciones de la metáfora– y su centro, en ninguna, puesto que ‘todas’ lo son, o lo han sido en algún momento de la historia. El ensayo es una síntesis parabólica de las edades del hombre, pero también la definición y demostración de una ‘tesis’ que, en el fondo, es una noción poética: simbólica. En su primer epígrafe introduce el infinitivo ‘bosquejar’ como definición primordial del hecho mismo de la escritura ensayística. El ensayo es un bosquejo. Y, en este caso, ilustra la idea principal con que comienza y concluye: “Quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas”. Sin embargo, cuando volvemos a leer la sentencia en su conclusión, su contenido semántico ya no es el mimo. Se ha enriquecido de manera compleja y total. El ensayo es así la muestra más evidente de esa propia sentencia: “Quizá la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas”.

Esta modulación espléndida del leit-motiv, que también supone la oscilación permanente y pendular entre “lo uno y lo múltiple”, verdadera donación del pensamiento de Borges, ofrece la clave de toda sus restantes ‘inquisiciones’: “El ruiseñor de Keats”, “Formas de una leyenda”, “De las alegorías a las novelas”, y tantos otros títulos que conforman la exaltación y la simbología del mundo literario como objeto de meditación para el ensayista. Este último escalón dentro de la historia del género resulta en Borges el más perfecto, por lo que tiene y ofrece de vivencia propia de toda una experiencia lectora. Esa experiencia potencia la identificación más profunda entre los sistemas mentales del autor y del lector, consiguiendo al cabo la innovación poética del género del ensayo como realidad literaria.

Así, cabría definir el ensayo borgesiano como el arte magistral de la conjetura, procedente de esa estética de la abstracción antes mencionada. Sus resoluciones alcanzan unas resonancias absolutamente poéticas, dada la simbiosis espiritual con que elabora su creación. El ejercicio del ensayo en Borges no desdeña ninguno de los temas fundamentales en el quehacer reflexivo del autor argentino, y así en estos textos adquieren entidad distintiva las constantes de su escritura. Citemos algunas como son la visión de la literatura como fuente inagotable e inmortal; la idea del mundo como libro incesante; la conjunción y la asimilación literaria de autores a lo largo de un devenir creado por Borges en su propio canon, o el intento constante, y existencialmente baladí, de refutación del tiempo. Como sucedía al paradójico creador del Quijote en el siglo XX, Pierre Menard, para Borges, su creador, “pensar, analizar, inventar” no son actos anómalos. Representan la verdadera “respiración de la inteligencia”. Una inteligencia que respira de manera natural, rítmica y sana en sus ensayos.

Cualquier tema, cualquier hecho histórico o cultural ofrece al genial autor de ficciones expresivas la posibilidad de vislumbrar, a través de la exploración conjetural o hipotética, un sentido último y simbólico, que sólo puede ser captado por quien ha hecho de la literatura una totalidad habitable. La última visión de la realidad, de cualquier realidad, es ser el poema de sí misma, ser su propia poetización. Así parece demostrarlo Jorge Luis Borges en el magnífico ensayo “La muralla y los libros”, fragmento en que la ley de la causalidad convierte dos hechos históricos, aparentemente ajenos entre sí, en sutil y quintaesenciada arquitectura poética, en la belleza lógica  de todas y cada una de sus palabras, a modo de cadencia. Valga reproducir in extenso el comienzo y el final de dicho ensayo:

Leí días pasados que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita muralla china fue aquel primer Emperador, Shih Huang Ti, que asimismo dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él. Que las dos vastas operaciones –las quinientas a seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado– procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó. Indagar las razones de esa emoción es el fin de esta nota.

Generalizando el caso anterior, podríamos inferir que ‘todas’ las formas tienen su virtud en sí mismas y no en un ‘contenido’ conjetural. Esto concordaría con la tesis de Benedetto Croce; ya Pater, en 1877, afirmó que todas las artes aspiran a la condición de la música, que no es otra cosa que forma. La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético[13].

Inmersa en esa búsqueda, consciente de la pérdida del significado absoluto de una arcana existencia poética, el ensayo de Borges germina en instante de sincera y eternizada revelación. El ensayo, respiración natural de la inteligencia, ha sido la vía para el encuentro del hecho estético. Una estética que Borges ha creado y cuyas raíces se hunden en la sima de la abstracción. Del ensayo como forma posible del poema.


[1] Jorge Luis Borges, ‘Prólogo’ a Discusión, en Prosa Completa, Vol. I, Bruguera, Barcelona, 1980, p. 106.

[2] Michel de Montaigne: Los mentirosos, en Ensayos escogidos, Nuestros Clásicos, Universidad Nacional Autónoma de México, 1978, pp. 41-46, cita pp. 44-45.

[3] Fray Benito Jerónimo de Feijóo: Teatro crítico universal. Cartas eruditas, Prólogo al Tomo IV, Madrid, 1979, p. 74.

[4] Sir Thomas Browne: Religio medici, Alfaguara, Madrid, 1986, p. 78.

[5] Jorge Luis Borges: ‘Pascal’, en Otras inquisiciones. Prosa completa, ed. cit.,Vol. II, p. 217. El comentario que realiza Borges a dicha cita es ilustrativo de la dirección personal que el autor impone al género ensayístico, tomando como referencia la propia literatura pascaliana: “Mis amigos me dicen que los pensamientos de Pascal les sirven para pensar. Ciertamente, no hay nada en el universo que no sirva de estímulo al pensamiento; en cuanto a mí, jamás he visto en esas memorables fracciones una contribución a los problemas, ilusorios o verdaderos que encaran. Las he visto más bien como predicados del sujeto Pascal, como rasgos o epítetos de Pascal”.

[6] En los años veinte, Jorge Luis Borges había publicado en Buenos Aires dos colecciones de ensayos: Inquisiciones (1925) y El tamaño de mi esperanza (1926), así como otro conocido ensayo sobre El idioma de los argentinos (1928). Estas obras nunca fueron reeditadas por su autor, ya que abjuró de sus contenidos, así como del estilo empleado en la composición de los mismos, donde mostraba su preferencia juvenil por el empleo de argentinismos y voces tomadas del “lunfardo”. Tras su muerte, María Kodama autorizó la reedición de todos estos títulos.

[7] Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego, en Prosa completa, ed. cit., Vol. I,  p. 86.

[8] Jorge Luis Borges: “La duración del infierno”, en Discusión. Prosa completa, edic. cit., Vol. I, p. 179.

[9] Jorge Luis Borges: “Avatares de la tortuga”, en Discusión. Prosa completa, edic. cit., Vol. I, pp. 199-204.

[10] Jorge Luis Borges, Prólogo a Historia de la eternidad. Prosa completa, edic. cit., Vol. I, p. 313.

[11] G.K. Chesterton, “Defensa del desatino”, en V.V.A.A., Ensayistas ingleses, Editorial Océano, Barcelona, 2000, p. 465.

[12] Jorge Luis Borges, “La esfera de Pascal”, en Otras inquisiciones. Prosa completa, ed. cit., Vol. II, pp. 134-137. A continuación, y de manera magistral, Borges recrea el tipo de emoción intelectual que pudo sentir Pascal al escribir su aforismo: “La edición crítica de Tourneur (París, 1941), que reproduce las tachaduras y vacilaciones del manuscrito, revela que Pascal empezó a escribir effroyable: «una esfera espantosa, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna»”.

[13] Jorge Luis Borges, “La muralla y los libros”, en Otras inquisiciones, op. cit., Vol. II, pp. 131-133.

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