El gato de Cervantes

PHILOLOGÍA

Revista de Filología Hispánica

Departamento de Lengua Castellana y Literatura

IES Los Cantos

ISSN 2254-4224

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Por David López Sandoval. Profesor del IES Los Cantos. Bullas.

Resumen: El juego conceptual de Schrödinger es aplicable a las nuevas reglas literarias que inaugura Cervantes en el Quijote. El difícil equilibrio entre cordura y locura, realidad y ficción, verdad y sueño, incorpora por vez primera al lector en el mundo de la literatura y hace posible el nacimiento de la novela moderna.

Palabras clave: Schrödinger, Don Quijote, realidad, ficción, locura, dualidad, novela moderna.

Summary: Schrödinger’s conceptual game is applicable to the new literary rules which Cervantes inaugurates in Don Quixote.  The difficult stability between sanity and insanity, reality and fiction, truth and illusion, introduces the reader, for the first time, in the world of literature and it makes possible the birth of the modern novel.

Keywords:  Schrödinger, Don Quixote, reality, fiction, insanity, duality, modern novel.

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El hidalgo fue un sueño de Cervantes
y Don Quijote un sueño del hidalgo.
(Jorge Luis Borges)

El juego que propone Schrödinger es conocido. En una caja, completamente aislada del exterior, hay un gato y una ampolla con gas cianuro suficiente como para acabar con su vida. Existe un mecanismo foto-detector que rompe la ampolla cuando un fotón de luz incide sobre él. Mediante un dispositivo exterior se emite un fotón de luz que va dirigido hacia un espejo semitransparente, de forma que el fotón tiene un 50% de probabilidades de continuar su trayectoria rectilínea y otro 50% de incidir en el dispositivo y romper la ampolla de gas que matará al gato. Una vez lanzado el fotón, un observador externo podrá comprobar, al abrir la caja, si el animal está vivo o muerto, es decir, si el fotón ha sido o no desviado por el espejo. Hasta aquí no hay nada paradójico. Sin embargo, el fotón es una partícula subatómica que se rige por las leyes de la mecánica cuántica, y estas predicen que ha de encontrarse en un estado de superposición cuántica, o sea, que recorre las dos trayectorias simultáneamente y, mientras ningún observador externo abra la caja para ver lo que pasa, el gato se encuentra vivo y muerto a la vez. Al abrir la caja, la función de onda se colapsa y ante el observador aparece únicamente uno de los dos fenómenos.

Evito las conjeturas más escépticas –quizá por ser las menos discutibles– para centrar el problema en lo meramente literario. Mientras nadie abra la caja, la realidad se bifurca en dos caminos que revelan dos universos superpuestos, diferentes y no complementarios. En uno, el gato continúa vivo, más asustado que antes si cabe, yendo de un lado a otro del reducido espacio al que la perversa mente del físico le ha condenado; en el otro, el animal muere en apenas segundos. Lo que el racionalismo y el empirismo destierran de la ciencia, la física cuántica recupera, a saber: la especulación y, con ella, lo maravilloso, lo soteriológico, la magia. Por ello, la paradoja de Schorödinger es más literaria que física; se podría decir que hunde sus raíces en la esencia misma del mito, que contrapone, por expresarlo de algún modo, el illud tempus al hoc tempus, haciendo posible así la multiplicación de universos donde todo –llámese sombras o reflejos– tiene su arquetipo. El logos, sutilísima arma que decanta y ordena tal desbarajuste, equivale a la comprobación del estado del gato. En este sentido, es una interrupción más que una constatación, un mise en oubli del estado primario de la misma observación.

Traigo a la memoria la locura de Alonso Quijano, que revela –y quizá profundiza– esta paradoja y que nos sitúa en la misma blasfemia epistemológica. En realidad Cervantes describe dos aspectos de la palabra locura: por un lado –y siguiendo, sobre todo, a Huarte de San Juan[1]–, como una disfunción de la imaginativa, donde prevalece la imagen interior sobre la exterior, es decir, la fantástica sobre la realidad; por otro, como una separación paulatina de la tradición, como un proceso acelerado de individuación ­–esta es la gran aportación de Aurora Egido[2] al estudio del Quijote– que obliga al personaje a crear su propia figura de caballero andante lejos de los arquetipos literarios.

La primera acepción, la primera locura corresponde a la primera parte de la obra. Allí, Don Quijote, enajenado por las novelas de caballería, cabalga entre dos mundos; el trote cansado y renuente de Rocinante en uno de ellos, es brioso y decidido en el otro, pero, sobre todo, el espacio compactado, concreto e histórico de España que presenta el primer universo, se difumina y desmiembra en infinidad de reinos, castillos y reyes en el segundo. La locura, por tanto, de la edición de 1605 existe porque es percibida por los demás personajes que van jalonando las aventuras del protagonista, pues ellos, hombres y mujeres cuerdos, rechazan de plano la otra realidad de la que Don Quijote es el vocero.

La segunda acepción corresponde por entero a la edición de 1615. Todos los personajes, incluido Don Quijote, son conscientes de la existencia de la primera parte de la novela y de la segunda parte apócrifa, pero no todos actuarán, en una demostración –no sé si consciente o no– de resignación ontológica, condicionados por ellas. El doble salto mortal de Cervantes es asombroso: lo literario, que había conseguido alienar a Don Quijote en sus dos primeras salidas, determina y enloquece ahora a todos menos al que se ha erigido como paradigma de la locura. De hecho, si un tema recorre las páginas de la segunda parte, ese es el del desapego, el de la porfía de Don Quijote por apartarse del arquetipo prefijado en un texto, bien desmintiendo las aventuras del falso Don Quijote de Avellaneda, bien corrigiendo y aclarando algunas partes oscuras de la edición de 1605. El cambio de nombre por el de Caballero de los Leones es quizá la prueba más palpable.

Ambos aspectos de la locura, sin embargo, confluyen en un mismo caudal que les da una suerte de sentido redondo –y no utilizo el adjetivo gratuitamente–. La locura, tanto en su vertiente de enajenación intelectiva como en su significado de liberación –e, incluso, de inauguración, según la mayoría de los estudios que se acercan desde distintas perspectivas a la obra–, de olvido de unos parámetros retóricos mnemotécnicos y de individuación del carácter del héroe, queda establecida, desde un primer momento y hasta el final, como un camino paralelo, como una posibilidad en acto donde personajes, autor y lectores quedan atrapados al tiempo que va desarrollándose la trama de la realidad.

Tanto en la primera como en la segunda parte existe la sensación de una doble fábula que serpentea silenciosa, creando un doble tiempo, un doble espacio, una doble lectura: el mundo de los sentidos y el mundo de la locura; el universo de la vida y el universo del sueño. No se trata, sin embargo, de la eterna dualidad platónica, sino de la bifurcación del presente, del desdoblamiento de la eternidad. Por ello, solo existe un modo para que Don Quijote recupere la cordura: al final, próximo a la muerte, ha de despertar, como si todo lo vivido hubiese sido un sueño. Pero Cervantes sabe que el lector debe darse cuenta antes, al principio, y por ese motivo deja bien claro que el caballero es un simple hidalgo al que se le ha secado el seso por las compulsivas lecturas que realiza.

Pero imaginemos, por un instante, que no es así, que, desde el comienzo, el autor nos hace recorrer los recovecos alucinados del cerebro de su protagonista sin ningún contrapeso, sin ninguna digresión afianzadora de la realidad. El despertar final sería, desde luego, mucho más efectista, pero esa lectura impediría abarcar la totalidad de la anécdota. La obra se diferenciaría bien poco de sus predecesoras. Lo que consigue Cervantes con la intervención del loco –y también con ese dualismo intelectivo– es extender el espacio y el tiempo hacia los lectores, convertirlos también en partícipes de la acción. Ahí reside, según Borges[3], lo fantástico del Quijote, en sabernos, nosotros, lectores del siglo XXI, personajes de un libro que nos abarca. Cervantes no solo fantasea, tres siglos antes de Booth, de Iser y de los autores de la Escuela de Constanza, con la posibilidad del lector implícito –iniciando la andadura de la novela moderna–, sino que une esa ‘textualidad’ del lector implícito a la ‘realidad’ del lector de carne y hueso, borrando así la línea que separa la verdad de la ficción, al creador de la criatura, al artista de la obra de arte.

No obstante, Don Quijote recupera la visión exacta de la vigilia. Es preciso, como ya he mencionado, que despierte. Pero este volver en sí sugiere una idea terrible que, si bien rechazo de antemano, me seduce poderosamente: cabe la posibilidad de que, en efecto, las tres salidas del hidalgo hayan sido soñadas. Alonso Quijano –o Quejana o Quesada– jamás ha abandonado su biblioteca, su pueblo, su mundo. Próximo a la muerte, Dios –en este caso Cervantes–, le concede el premio de imaginar, de soñar las aventuras que todos conocemos pero que jamás han acaecido. No resulta tan descabellado; la tradición literaria no es ajena a este juego: desde la historia del Deán y Don Illán de Don Juan Manuel hasta “El milagro secreto” de Borges. Alonso Quijano –o Quejana o Quesada– sueña a Don Quijote luchando contra unos molinos de viento, el cual sueña que no son molinos sino gigantes. El tiempo, por tanto, nuevamente se desdobla: existe la ‘ucronía’ de la novela, pero también la del propio hidalgo durmiendo. Si el primer universo es reconocible en la historia inmortal, en el aleteo sutil y definitivo de unas páginas que van agotándose, de una lectura que se renueva a cada paso, ¿cómo reconocer el segundo?

La regla neoplatónica de las analogías, como lo de arriba así lo de abajo, me parece el único coadyuvante posible: el universo de la obra se divide en el mundo de la locura y el mundo de los sentidos –que ya he hecho coincidir con esa dicotomía tan barroca de sueño/vida–, el uno no es el reflejo del otro sino dos alardes cronológicos y tópicos complementarios, dos esferas paralelas que cuentan una historia distinta y distante. Pero esta dicotomía trasciende la fábula misma y tiene su arquetipo –ahora sí es el reflejo plotiniano– en ese otro mundo que lo abarca en un instante: el mundo del creador. El creador, claro está, es el propio Cervantes –quien posee también ese doble superpuesto, un árabe, Cide Hamete[4] (¿es posible que Cervantes sea un sueño del historiador musulmán, esto es, del Cervantes que jamás ha regresado de su  cautiverio?)–, pero también los lectores –nosotros mismos, convertidos en dobles del Bachiller Sansón Carrasco o de los Duques–. El segundo universo, así pues, se deduce del siguiente silogismo: si Alonso Quijano –o Quejana o Quesada– sueña a Don Quijote, inevitablemente, Cide Hamete, sueño de Cervantes, también debe situarse dentro del mismo sueño, el cual incluiría, además, al propio Cervantes –que, recordemos, es nombrado como autor de La Galatea en el sexto capítulo de la primera parte–, a los lectores del primer Quijote –personajes, todos ellos, del segundo– y, en un implacable golpe en la mesa, al arquetipo de esos lectores, a saber: nosotros. Autor y lectores habitarían, por ello, el segundo universo, paralelo y disímil del primero, el de la obra en sí.

La paradoja de Alonso Quijano –o Quejana o Quesada– sorprende por lo audaz, pero también por lo consabida. Existe en su sueño –que trasciende y contagia cualquier acto de creación literaria– dos realidades superpuestas: por un lado el mundo de los creadores y por otro el mundo de las obras. Ambas permanecen con la misma entidad de realidad, son dos paralelos que coexisten más allá de toda pregunta o respuesta. Sin embargo, al despertar, elige una sobre otra ineluctablemente, como si se hubiesen mantenido en un precario equilibrio que el peso de la comprobación y de la vigilia deshiciera.

La conclusión que extraigo tiene visos de una inquietante cosmología y es la esencia misma de la novela moderna. De igual modo que Alonso Quijano –o Quejana o Quesada– sabe que el gato estará vivo y estará muerto mientras él no despierte, nosotros –yo, lector y creador, por tanto, del hidalgo– somos conscientes de que el mundo de la creación coexiste con el mundo de lo creado, esto es, acaparan la misma cantidad de realidad, por lo que, mientras sigamos durmiendo, seremos, a un tiempo, reales y ficticios, autores y personajes, estaremos vivos y estaremos muertos.


[1] Vid. Carlos Míguez Macho, “La construcción de un personaje: de Alonso Quijano a don Quijote”, Anales Cervantinos, Vol. XL, 2008, pp. 107-118.

[2] Aurora Egido, “La memoria y el Quijote”, Bulletin of the Cervantes Society of America, 11.1, 1991.

[3] Vid.  Jorge Luis Borges, “Magias parciales del Quijote”, Obras Completas, Vol. I, RBA, Madrid, 2005, pp. 667-670.

[4] Vid. Edward C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes, Taurus, Madrid, pp. 316-327.

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