El coloquio de los perros o cómo mostrar con propiedad un desatino

PHILOLOGÍA

Revista de Filología Hispánica

Departamento de Lengua Castellana y Literatura

IES Los Cantos

ISSN 2254-4224

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Por Ana L. Baquero Escudero. Universidad de Murcia.

Resumen: Este artículo analiza la última de las novelas ejemplares cervantinas, a la luz del panorama del género de la novela corta en estos momentos. Desde tal visión destaca la maestría del autor para conseguir hacer plausible y verosímil un asunto, a todas luces excepcional y fabuloso.

Palabras clave: Cervantes, Coloquio de los perros, historia maravillosa, verosimilitud.

Summary: This article analyses the last of Cervantes’ exemplary novels in light of the panorama of the genre of the novel nowadays. From that view, it is highlighted the mastery of the author to be able to make a clearly fabulous and exceptional subject  plausible and realistic.

Keywords: Cervantes, The dialogue of the dogs,  wonderful story, verisimilitude.

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En su Viaje del Parnaso Miguel de Cervantes se introducía a sí mismo como personaje, en la fantástica expedición organizada por Apolo para luchar contra los malos poetas. En uno de los momentos de la obra el escritor, defendiendo la calidad de su obra literaria, exponía en apretada síntesis lo sustancial de la misma para encarecer, especialmente, su labor novelesca por haber sido el primero, en “abrir un camino/ por do la lengua castellana puede/ mostrar con propiedad un desatino”. Evidentemente cuando Cervantes alude aquí a sus novelas se está refiriendo a las Ejemplares, dado que en estos momentos de nuestra historia literaria la voz ‘novela’ mantiene aún su dependencia del término italiano ‘novella’, y ha de ser, por consiguiente, siempre considerada como relato breve. Para Cervantes sus novelas fueron, por tanto, esos relatos breves que llegó a agrupar en una colección dedicada exclusivamente a este género, y nunca obras como el Quijote o el Persiles.

Aparecida en 1613, bajo el título general de Novelas ejemplares, esta colección de narraciones supone el inicio, propiamente dicho, del género de la novela corta en nuestras letras. No en vano el autor se jactaba, en ese importante prólogo a las mismas, de haber sido el primero en ‘novelar’ en nuestra lengua. Sólo por ella merecería, pues, Miguel de Cervantes, un puesto de honor dentro de nuestra historia literaria.

Si el género había aparecido de forma todavía muy inmadura en el anterior siglo –recuérdese El Patrañuelo de Timoneda–, este mostraba en dichos momentos una clara dependencia del género cuento. Por ello no resultaban infrecuentes los relatos de temática fantástica, que aún percibimos en una obra ya de principios del XVII como las Noches de invierno de Eslava –una de cuyas historias se ha considerado posible fuente de La Tempestad de Shakespeare–.

Precisamente uno de los rasgos que se consideran propios de la novela corta, inaugurada por Cervantes, es la búsqueda por producir la ilusión de realidad. De ahí la preferencia por asuntos ambientados ya en la época contemporánea, con la presencia de un espacio y tiempo con los que el lector podía identificarse fácilmente. De ahí también el que se suela insistir por parte de los narradores, en la historicidad de lo contado, con la mención incluso a testigos que pueden dar fe de todo ello, o el uso de la técnica del cambio de nombre, para preservar la identidad de los protagonistas. Es más, algunos escritores del momento llegarán a renegar del término ‘novela’, por considerarlo sinónimo de ‘ficción mentirosa’, adoptando otros distintos. Tal es el caso, muy evidente, de las Historias peregrinas y ejemplares de Céspedes y Meneses.

En el elevado repertorio, por consiguiente, de novelas cortas publicadas a lo largo del siglo XVII, y cuyo punto de partida sería la colección cervantina, se erige como constante habitual la defensa de la realidad de lo contado, por muy inverosímil y extraña que pueda parecer la historia. Si en algunas de estas narraciones se producen, pues, hechos al margen de lo natural, como la presencia de la intervención divina, o la aparición de espectros del pasado o del mismo demonio, la voz narrativa, de quien dependen dichos sucesos, suele insistir en que los mismos no son producto de la fantasía y  que ocurrieron en realidad.

En la colección cervantina ya la crítica tradicional diferenció entre aquellos relatos tradicionales que se ajustaban a una poética idealista, frente a otros –como “Rinconete y Cortadillo” o “El casamiento engañoso”– de perfil muy distinto y catalogados como realistas. Unas narraciones de naturaleza, verdaderamente, diversa que aparecen, no obstante, conjuntamente reunidas en la presente obra. El seguimiento por parte de Cervantes de toda una tradición literaria, y su afición, a la vez, por quebrantarla e introducir nuevas variantes se percibe de forma evidente en esta obra; junto a historias amorosas en que prima el movimiento continuo, las casualidades y los efectistas descubrimientos, Cervantes sitúa otras cuyo ambiente y personajes nada tienen que ver con los propios de las anteriores.

Entre estas últimas destaca, sin duda, “El coloquio de los perros”, novela corta que tanto por su tema como por su misma forma adquiere un llamativo relieve. En ella vamos a encontrar algo de lo que carecían el resto de narraciones: su dependencia y subordinación respecto a otro relato. En las Novelas ejemplares Cervantes se aleja, en este sentido, de la tradición italiana, iniciada por Boccaccio, del manejo de un marco que sirve de encuadre global a todas las narraciones. La situación de la reunión de personajes, así como la del viaje, serán utilizadas por numerosos escritores para incluir toda una serie de  historias que los distintos personajes cuentan, ya en animada tertulia con otros, ya en las diversas jornadas del camino. Frente a ello –y esto le fue reprochado  en su época– Cervantes prescinde de todo engarce y presenta de manera autónoma todas sus novelas. Salvo, como se indicó, las dos últimas. Entre “El casamiento engañoso” y “El coloquio de los perros” el escritor creará una necesaria relación, de manera que la segunda sólo puede ser leída en relación con la primera. Una disposición narrativa que, como veremos, resultaba en esta situación completamente necesaria.

Colocada, además, al final de la obra, “El coloquio de los perros” ha sido interpretada, asimismo, como  brillante coda última de la colección, que implica una revisión irónica y novedosa sobre los temas tratados con anterioridad en las otras novelas. Construida conforme al esquema lucianesco que implica la creación de una historia fabulosa al servicio de una finalidad crítica y satírica, en “El coloquio” Cervantes pasa revista a la sociedad del momento, para mostrarla desde esa perspectiva descarnadamente realista que implica un fuerte tirón de descenso, respecto a motivos que habían aparecido antes, tratados de muy diversa forma. No deja de ser significativo que el procedimiento localizado en colecciones modernas de relatos breves, de colocar en último lugar una narración que adquiere un perfil relevante en su condición de broche final de las mismas –y piénsese, por ejemplo, en la famosa Dublineses de  Joyce–, aparezca ya en la obra cervantina.

En “El coloquio de los perros”, y frente al resto de narraciones, Cervantes desarrolla una historia completamente fantástica, cuyo excepcional carácter se anuncia ya en el título. No en balde el arte de saber titular fue esencial en la narrativa y teatro de la época, en tanto la literatura buscaba provocar la admiración y sorpresa en sus lectores. Algunos de los títulos mismos de esta colección resultan significativos, en su condición casi de reclamos del interés. Recuérdense, además de la última de la que aquí nos ocupamos, los casos de “La española inglesa” o “La ilustre fregona”.

Como se indicó, “El coloquio” es la única narración de la colección que no aparece inserta de forma autónoma. Frente al resto de relatos dependientes, pues, de ese tradicional narrador omnisciente, en esta novela nos encontramos con un narrador que es un personaje que había aparecido en la obra anterior. Un personaje cuya caracterización conoce, por consiguiente, de antemano el lector al haber aparecido como protagonista de “El casamiento engañoso”. La situación inicial de la que partía aquel relato consistió en ese casual encuentro entre dos amigos, Peralta y Campuzano, a la salida de un hospital. El licenciado Peralta, tras haber estado un tiempo sin saber nada de su amigo el alférez Campuzano, se asombra, pues, al hallarlo en tal situación, de manera que, interesado por conocer el motivo que lo ha llevado a dicho lugar, escuchará el relato del origen de la enfermedad de éste. En “El casamiento” quien cuenta, por tanto, la historia es el mismo protagonista de ella. Un relato que conforme a un motivo muy del gusto cervantino, supone una variante más del viejo tema del ‘burlador burlado’. Habiendo dispuesto para sí un matrimonio ventajoso, Campuzano se verá burlado por su esposa quien lo engaña haciéndole creer que dispone de unos bienes que no posee y abandonándolo, finalmente, para huir con su amante. Es más, además de la burla y del robo de sus joyas, su relación matrimonial le provocará una enfermedad que le obligará a acudir al hospital. Con todo, precisa al final de su relato, si él intentó engañar y finalmente se vio engañado, también ella fue una burladora burlada pues las joyas que le sustrajo son falsas. La presente narración sirve, por consiguiente, para caracterizar perfectamente a Campuzano como un personaje embaucador y muy poco fiable, cuya integridad moral no puede sino ser puesta en entredicho.

Será este mismo personaje quien, concluida la historia de su casamiento, asegure a su oyente que si tal narración le ha sorprendido todavía le quedan otras cosas que contar, que le sucedieron cuando se curaba de su enfermedad, que le asombrarán mucho más. Incitado por tales palabras Peralta le rogará que le hable de tal suceso, y será entonces cuando Campuzano anuncie que, estando una noche en el hospital, escuchó la conversación entre dos perros. Peralta, identificado aquí con ese lector discreto buscado por Cervantes, rechazará, entonces, a su amigo como relator fiable, de manera que si las dudas le asaltaron al escuchar su  anterior historia, ahora está seguro de la naturaleza mentirosa y nada fidedigna del alférez. Será, por tanto, en esta situación cuando se produzca ese singular debate entre ambos a través del cual Campuzano intenta convencer a Peralta de la realidad de lo que va a contarle. Comentará, así, cómo estando una noche en aquel lugar, se encontraban próximos a él dos perros que solían acompañar a unos religiosos a pedir limosna. En esta situación, le cuenta a Peralta, “yo oí y casi vi con mis ojos” cómo ambos animales entablaban un sabroso diálogo. Del ‘casi vi’ inicial el personaje pasará después a referirse a lo que únicamente oyó, en la oscuridad del lugar, para, no obstante, reafirmar después que oyó y vio lo que cuenta a su amigo. Ante el manifiesto rechazo del licenciado, Campuzano indicará que él mismo llegó a plantearse si todo había sido un sueño, pero que dadas las cosas que trataron ambos animales, tan “grandes y diferentes” y propias de “varones sabios”, no puede imaginar que fueran producto de su pobre imaginación. En cualquier caso, Campuzano invita a Peralta a leer la transcripción de ese coloquio que puntualmente anotó al día siguiente. En el mismo sólo  ha reproducido lo que oyó una noche a uno de los perros y no lo que contó el otro, la noche siguiente. Esta posible continuación, aclara, la escribirá cuando “ésta se crea, o, a lo menos, no se desprecie”. La mención última del propio Campuzano a “esos sueños o disparates”, que se dispone a leer Peralta, manifiesta ese perceptible proceso de gradación de un narrador responsable que de defender, en primera instancia, la realidad de su historia, pasa a admitir, ante la actitud contraria de su oyente,  su carácter de ficción mentirosa, ‘sueño’ o ‘disparate’.

Pero no será esta la única estrategia a que acuda el autor para asegurar la verosimilitud de su texto. Además de tratarse de un narrador muy poco fiable Campuzano señala que todo sucedió de noche. A la posibilidad de un sueño se une, asimismo, la probabilidad de que todo fuera el resultado de las alucinaciones provocadas por los delirios consecuencia de su enfermedad, ya que el espacio en que dice haber oído el coloquio era, recordemos, el hospital. Frente a esos simples testimonios utilizados por la mayoría de los escritores de la época, que aseguran la realidad de lo contado basándose en supuestos testigos o defendiendo, simplemente, que lo que se va a contar ocurrió en realidad, Cervantes plantea de muy distinto modo la narración de unos hechos verdaderamente increíbles. El caso de “El coloquio de los perros” –junto a algunos episodios de esa novela de viajes y aventuras que es el Persiles– es el de uno de los textos cervantinos en que se presentan unos hechos asombrosos, al desarrollarse los mismos al margen de lo natural. El reto que se plantea el autor consiste, pues, como él mismo indicó, en “mostrar con propiedad un desatino”, esto es en hacer plausible y aceptable la narración de unos sucesos extraordinarios. Algo que sin duda consigue ‘desde dentro’ de la propia ficción, sin necesidad de acudir a esos meros testimonios en defensa de la realidad de lo contado, tal como de manera reiterada y simplificadora suelen hacer sus contemporáneos.

La situación que encuadra, por consiguiente, “El coloquio de los perros” presenta ese marco concreto de un personaje que decide leer lo que otro personaje, responsable de ese escrito, le entrega. Un narrador  este último que, significativamente, se queda dormido mientras dura dicha lectura. Identificados con Peralta los lectores leemos, por tanto, sin ninguna interrupción, la supuesta transcripción del coloquio que pasó entre Cipión y Berganza. Conforme al mencionado esquema lucianesco, Cervantes plantea aquí un diálogo encuadrado en una situación claramente fantástica, que persigue la revisión crítica de la sociedad del momento. Berganza, el perro que narrará sus vicisitudes a Cipión, durante esa noche, remodela de esta forma, el esquema de la novela picaresca del mozo al servicio de muchos amos. A través de tal dispositivo narrativo, el escritor puede mostrar facetas y ambientes muy diversos de la sociedad, pues muy diferentes son los amos y lugares que el perro ha conocido. En tal situación, por otra parte,  y frente a la actitud del ausente Campuzano que no interrumpe en ningún momento la lectura del manuscrito, la actitud de Cipión se revela pronto como la de un receptor intruso que interfiere, constantemente, con sus comentarios, el relato de su compañero. Unos comentarios que tienen que ver tanto con la materia tratada, como con la propia forma de narrar; preocupación esta última, constante en el pensamiento cervantino.

Como se indicó, son muchos los ambientes que evoca Berganza en el relato de su vida. Algunos, desde luego, familiares a los lectores de Cervantes. Recordemos, por ejemplo, las andanzas del perro cuando es acogido por los gitanos y esa historia que recuerda sobre un caballero, enamorado de una gitana, la cual no quiso concederle su amor si no se abandonaba su vida y formaba parte de los suyos. Una narración que no puede dejar de relacionarse con la primera de las novelas de la colección. Asimismo, entre los personajes a los que conoció Berganza, figura el famoso Monipodio, “encubridor de ladrones y pala de rufianes”, a quien ya vimos actuar directamente, en “Rinconete y Cortadillo”. Como otro de los pasajes más famoso del relato de Berganza, figura el recuerdo de su estancia entre unos pastores. A través de tales páginas Cervantes proyecta una visión satírica y burlesca sobre un tipo de ficción literaria muy significativa en aquellos momentos, y que él mismo había cultivado: la novela pastoril.  Recordemos que Cervantes inició, precisamente, su producción narrativa con una obra que, sabía, sería bien acogida por los lectores, al responder a una especie literaria muy del gusto de entonces. La Galatea es una novela pastoril en la que el distanciamiento y novedades respecto a algunos esquemas canónicos en el género, evidencian ya el genio y originalidad propios del autor. Con todo, no cabe duda que nos movemos en el universo del relato tradicional, con unos pastores y pastoras y un ambiente bucólico sometido a un claro proceso de estilización idealista. Frente a ello, Berganza contrasta el mundo literario con el real de los pastores con los que convivió. De esta forma le cuenta a Cipión “que no debía de ser verdad lo que había oído contar de la vida de los pastores y pastoras”. Pues si en aquellas lecturas de obras pastoriles que él escuchaba, los pastores eran llamados con artificiosos nombres y se pasaban el tiempo entonando cantos sobre sus desdichados amores, lo que entonaban los suyos –con nombres tan prosaicos como Antones, Domingos o Llorentes–, “no eran canciones acordadas y bien compuestas, sino un Cata el lobo dó va, Juanita”, y no con voces delicadas ni admirables, sino roncas que “parecían que gruñían”. El asombro del perro parlante, en su estancia entre pastores,  supone, pues, un violentísimo tirón de descenso respecto a uno de los modelos más prestigiosos de la realidad literaria de entonces. Un tirón de descenso que volveremos a hallar en el final del II Quijote, cuando el ama y la sobrina del protagonista muestren en toda su descarnada dureza la vida pastoril que el hidalgo se propone emprender ahora, emulando aquellos modelos literarios. Lo que no es óbice para que el propio Cervantes nunca dejara de mostrar interés por llevar a cabo la continuación de aquella inconclusa Galatea.

Por lo demás, el relato de Berganza sobre sus distintas experiencias –incluido el lance de la bruja Cañizares, que dará lugar a unas sabrosas reflexiones de ambos perros sobre su propia naturaleza– arroja, como se comentó, una visión caleidoscópica sobre la realidad social de la época de Cervantes. Como en toda una dilatada tradición literaria, el escritor se sirve aquí de la técnica de elegir una perspectiva distinta, para arrojar una nueva luz sobre el mundo. En este caso una mirada animal, capaz de enjuiciar, desde su singular condición, la realidad de los humanos.

Concluida la lectura del texto por parte de Peralta –y con él, del lector– Campuzano se despertará repentinamente. Los lectores nos vemos, pues, devueltos al marco inicial en donde se incluía el coloquio. Una breve conversación entre ambos servirá de colofón último al relato, y a toda la colección. A través de la  misma Cervantes se enorgullece indirectamente de su texto, dado que el discreto licenciado elogia lo bien compuesto del mismo. Con la aceptación de tal valoración, y desistiendo de convencerlo sobre la historicidad de lo escrito, el alférez Campuzano se anima a escribir la parte correspondiente al relato del otro perro. Mediante esa tajante conclusión, por parte de Peralta, acerca del mérito del texto en su ‘artificio’ e ‘invención’, el escritor subraya, como lo propio de toda creación literaria, su verdad poética. A este respecto no deja de resultar sintomático, como se indicó, que sea precisamente “El coloquio de los perros” la obra que cierre el conjunto de las Ejemplares. Con ella el escritor parece exponer a sus lectores cómo deben valorar y considerar la ficción literaria. Lo característico de ella es su verdad poética, y no histórica, como pretendían muchos de los escritores del momento, deseosos de hacer pasar por reales los sucesos expuestos en sus obras. La literatura, señala Cervantes, encuentra su justificación en ella misma y es en la valoración de su artificio e invención como hay que medirla, no en su relación con una realidad ajena a sí. No es el azar, pues, el que dispone que esta sea la última lección que se desprende del texto cervantino. Las palabras finales del juicioso Peralta serán las últimas que leamos, antes de que la escena quede vacía –“Y con esto se fueron “– y el libro concluya.

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