Diana y el sexo

PHILOLOGÍA

Revista de Filología Hispánica

Departamento de Lengua Castellana y Literatura

IES Los Cantos

ISSN 2254-4224

***

Por María Enriqueta Moreno Sánchez. Alumna de 1º de Bachillerato de Humanidades. IES Los Cantos

Resumen: Diana es la condesa de Belflor, un condado situado en Nápoles. Teodoro es el secretario de la familia y, a la vez, su amor imposible. El secretario también parece desear a Diana a pesar de sus diferencias sociales y está dispuesto a luchar ante la adversidad. De esta forma se desenvolverá toda una trama en la que se harán partícipes imágenes, símbolos e incluso raíces mitológicas. La fuerza irrevocable de una época y tradición lucha contra los sentimientos de los protagonistas. La pugna entre el carácter y el corazón mostrará las intimidades de cada uno de los personajes, especialmente del personaje de Diana.

Palabras clave: Comedia nueva, dramaturgo, Humor sicológico, proverbio, Diana, Artemis, luna, mitología.

Summary: Diana is the countess of Belflor, a county placed in Naples. Teodoro is the family´s secretary and, at the same time, her impossible love. The secretary seems to be interested in Diana too, in spite of their social differences and he´s ready to fight against all odds. This way, the plot will include images, symbols, even mithological roots. The irrevocable force of a period and tradition fights against the protagonists´ feelings. The struggle between the brain and the heart will show the intimacies of each  of the characters, specially the character of Diana.

Keywords: New play, dramatist, psychological humor, proverb, Diana, Artemis, moon, mythology.

***

 

“Gracias al reflejo de sus prosas y sus versos.”

Lope de Vega es considerado una de las figuras centrales de la literatura española. Para él escribir era  un mero trabajo fuera de aficiones; para nosotros, arte.

Desde su nacimiento en 1562, su vida coincide con etapas muy distintas de la hegemonía española. Desde la llegada de los Reyes Católicos, la monarquía española se había convertido en una potencia militar con intereses en toda la península Ibérica, Italia, Flandes, Centroeuropa, Inglaterra y en la recién descubierta América. Así, durante la primera mitad del siglo XVI, la sociedad española vivió avances políticos, económicos y culturales que se proyectarán sobre los reinados que siguieron al de Carlos I.

En este marco político y social se desarrolla la vida cultural, artística y literaria de nuestro autor. Lope de Vega, será hijo del bordador Félix de Vega y de Francisca Fernández, ambos montañeses[1]. Desde bien temprana edad mostrará interés por las artes y por las ciencias. Con catorce años, entró al servicio de Don Jerónimo de Alcalá, obispo de Ávila, y por esa fecha emprendió sus estudios en la universidad de esta localidad. En todo momento fue considerado como un personaje inteligente, un poeta precoz, con tal éxito, que se convertirá en uno de los más famosos de su época. Fue un escritor de una exuberante –casi anormal– capacidad creadora.  Sus amores, sus crisis espirituales, sus polémicas literarias, sus odios y envidias se conocerán a través de su extensa producción. Lope cultivó gran variedad  de géneros literarios. Le son atribuidas cuatrocientas obras en prosa y más de un millón doscientos mil versos dramáticos, escritos a lo largo de cincuenta años de trabajo incesante. Entre las obras más importantes podemos destacar: Fuenteovejuna (1619), La dama boba (1613), El perro del hortelano (1618), El caballero de Olmedo (1620) o La Dorotea (1632), entre otras.

Sin embargo, es preciso aclarar que Lope de Vega no solo destacará por la calidad de su obra sino también por los métodos innovadores que utiliza. Tuvo la genialidad de acertar con una fórmula teatral de éxito a la que llamó ‘Comedia Nueva’. Denominó de este modo al nuevo género teatral para distinguirlo de las obras teatrales clásicas. Esta comedia combinaba la calidad literaria con la capacidad de atraer al público, objetivo que no logró nadie más.

Así, en 1609 Lope compuso su Arte nuevo de hacer comedias en el cual explica su concepción teatral y se defiende de los que lo critican por apartarse de los modelos clásicos. Este nuevo método consistía básicamente en dividir la obra en tres actos, fusionar la tragedia y la comedia, introducir variedad de estratos sociales, utilizar la polimetría[2], y finalizar la historia con un acto de justicia poética[3].

Estas obras solían ser representadas en los corrales de comedias ante un público variopinto procedente de diversas localidades. Podíamos encontrar desde analfabetos, artesanos o soldados hasta hombres doctos, eruditos y reyes. Aunque el público era mayoritariamente masculino, una zona del teatro –la cazuela– estaba destinada en exclusiva a las mujeres.

El teatro de Lope de Vega se adapta a los gustos de este público heterogéneo. Los espectadores cultos y refinados se deleitarán con los temas modernos, como el amor neoplatónico[4], mientras que el resto, iletrados, se apasionarán por la acción en sí misma, los chistes y las anécdotas que cuentan los personajes.

 Como dramaturgo de dilatada actividad podemos organizar la trayectoria de sus obras de carácter cómico en tres etapas:

–Etapa primera, ‘La sal gorda’ (1583-1604). En esta primera fase la comedia aún depende de los modelos clásicos. Presenta una acción enredada y compuesta de múltiples episodios. El número de personajes es muy crecido, destacando entre estos, gentes de mal vivir: prostitutas, rufianes, alcahuetes… Se percibe la huella de La Celestina. Obras maestras de esta etapa son El caballero de milagro o La viuda valenciana.

–Etapa segunda, ‘El humor sicológico’ (1604-1618). En esta etapa Lope concentra la acción y reduce el número de personajes. Los ambientes prostibularios desaparecen y se da paso a protagonistas de clases medias o incluso de la alta nobleza. El humor se acentúa en las contradicciones sicológicas de los personajes. Comedias pertenecientes a esta segunda etapa son La discreta enamorada, La dama boba o El perro del hortelano.

–Etapa tercera, ‘La comicidad mecánica’ (1618-1635). En esta última etapa la estructura argumental se vuelve más compleja y los personajes presentan menos interés sicológico. La comicidad recae sobre los engaños y confusiones de los galanes manejados por damas agudas e inteligentes. Comedias representativas de esta etapa son Amar sin saber a quién o La noche de San Juan.

El perro del hortelano es un escrito identificado con la comedia palatina[5], publicada en la Oncena parte de las comedias de Lope de Vega, en Madrid, en 1613. Este tipo de comedias suele ubicar la acción en lugares alejados de los primeros espectadores en una época imprecisa o declaradamente remota: una vaga Edad Media. Como protagonistas presenta a grandes aristócratas que tienen poder jurisdiccional sobre sus criados y sirvientes. Además, dibuja un espacio irreal en el que reyes, duques y grandes señores plantean los eternos problemas del amor, pero también de la política y el deber.

La primera curiosidad que asalta a los lectores es el título de la comedia. “El perro del hortelano” será el refrán utilizado para nombrar al ejemplar. Diversos autores y humanistas recogerán dicho proverbio en sus obras. Verbigracia, Sebastián de Covarrubias, lexicógrafo, criptógrafo y escritor español, albergará en su Tesoro de la lengua castellana o española de 1611: “El perro del hortelano, que ni come las berças, ni las dexa comer a otro”.[6]  Gonzalo de Correas, humanista, gramático y ortógrafo español, también incluirá en su Vocabulario de refranes los siguientes proverbios:

a) “El perro del ortelano, ni kiere las manzanas –o las verzas– para sí ni para su amo.”

b) “El perro del ortelano, ni hambirento ni harto. No dexa de ladrar.”

c) “El perro del ortelano, ke no kome las verzas ni quiere que otro coma dellas.”

d) “El perro del ortelano, ke ni kome las verzas ni las dexa komer al estraño.”[7]

Sin embargo, donde queda totalmente claro el significado del refrán es en el Diccionario de Autoridades, donde se señala: “El perro del hortelano, que ni come las berzas, ni las dexa comer. Refr. que reprehende al que ni se aprovecha de las cosas, ni dexa que los otros se aprovechen de ellas.”[8]

A partir de estas aclaraciones podremos comprender la relación que une al título de la obra de Lope con la personalidad, las características y los actos de Diana, la protagonista. Veamos en la obra, en el final del Acto II, un ejemplo conciso de la relación entre el proverbio y Diana.

Tras haber Diana rechazado a Teodoro, este manifiesta abiertamente sus quejas:

TEODORO. ¿Para qué puede ser bueno

haberme dado esperanzas

que en tal estado me han puesto,

pues del peso de mis dichas

caí, como sabe enfermo

luego que tratamos desto,

si cuando ve que me enfrío

se abrasa de vivo fuego,

y cuando ve que me abraso,

se hiela de puro hielo?

Dejáreme con Marcela.

Mas viénele bien el cuento

del Perro del Hortelano.

No quiere, abrasada en celos,

que me case con Marcela;

y en viendo que no la quiero,

vuelve a quitarme el juicio,

y a despertarme si duermo;

pues coma o deje comer,

porque yo no me sustento

de esperanzas tan cansadas;

que si no, desde aquí vuelvo

a querer donde me quieren..[9]

Seis veces más aparecerá el refrán en la obra y en todas estará ligado al personaje de Diana[10]. Podríamos considerar el proverbio como una característica de la propia protagonista, haciendo ver a un personaje ambicioso y frustrado con la realidad que le ha tocado vivir.

A pesar de que el refrán cobrará fama tras la publicación de la obra de Lope de Vega, este ya se conocía en España antaño. Si recordamos el pasaje del Acto VII de La Celestina, en el que la vieja alcahueta trata de convencer a la joven Areúsa para que deje entrar en su lecho a Pármeno, apreciamos la aparición de nuestro tan citado refrán: “Cata que no seas avarienta de lo poco que te costó. No atesores tu gentileza, pues es de su natura tan comunicable como el dinero. No seas el perro del ortelano. Y pues tú no puedes de ti propia gozar, goze quien puede”[11].

Incluso en el entremés La guarda cuidadosa, de Miguel de Cervantes, podemos vislumbrar la aparición del mismo. Los protagonistas de este entremés son dos hombres –un soldado y un sacristán– prendados de amor por Cristina, una bellísima sirvienta. Ambos luchan para alcanzar el amor de la muchacha y en una de sus disputas el soldado comenta:

SOLDADO. Con no verme, con no hablarme, con maldecirme cuando me encuentra por la calle, con derramar sobre mí las lavazas cuando jabona y el agua de fregar cuando friega; y eso que cada día, porque todos los días estoy en este calle y a su puerta; porque soy su guarda cuidadosa; soy, en fin, el perro del hortelano, etcétera.[12]

Así concluimos exponiendo que, tanto Lope de Vega, Fernando de Rojas y Miguel de Cervantes rescatan de las raíces tradicionales el refranero con el fin de describir las personalidades de sus personajes femeninos: Diana, Areúsa y Cristina.

Sin embargo, Lope de Vega, no solo utiliza el refranero para simbolizar a su personaje protagonista, sino que también hace uso de otra serie de elementos en la obra que no deben pasar desapercibidos al lector.

Nos encontramos en el Acto I, alguien ha despertado a Diana de su profundo sueño nocturno, y la señora de la casa se dispone a averiguar quién o quiénes se han atrevido. Para ello despierta a Fabio –su criado–, llama a Octavio –su mayordomo– y convoca a cada una de sus sirvientas para poder descubrir quién ha osado desvelar en la mitad de la noche a su señoría. Es en uno de los interrogatorios a Anarda –una sirvienta– cuando, sutilmente, el autor proyecta una serie de imágenes a través de las palabras de Anarda. Estas imágenes nos son muy interesantes.

FABIO. Las que importan he traído

que las demás no sabrán

lo que deseas y están

rindiendo al sueño el sentido.

Las de tu cámara solas

estaban por acostar

ANARDA. De noche se altera el mar

y se enfurecen las olas.[13]

Podríamos señalar muchos aspectos inquietantes en este último verso. Anarda es una sirvienta, una sirvienta del siglo XVI que pone en su boca dos de los símbolos más representativos que pueden manifestarse en literatura y que están relacionados con la naturaleza: la noche y el mar.

La noche, escondite de fugitivos, es la mejor cuidadora de nuestros actos. Considerada como una etapa prohibida del día, no duda en observarnos a través de la luna, el ojo de la noche. Y es que el simbolismo de la Luna es muy complejo. Generalmente representa el poder femenino, la Diosa Madre, la reina del cielo. No obstante también tiene otros significados como el conocimiento interior, lo irracional, intuitivo u objetivo. Astrológicamente, es considerada el alma animal donde reside el impulso y la vida sexual.

El mar y las olas que rompen bramando. Agua cristalina, fuente de vida y fertilidad. Sus abismos representan los secretos, el peligro y los instintos reprimidos. Además, la actividad de su oleaje, se encuentra condicionada por la bellísima Diosa Madre que hemos comentado antes y por las fases lunares de esta.

Es curioso el resultado que nos aporta esta suma de imágenes. Una simple frase nos abre un abanico amplísimo de ideas que podríamos relacionar con la faceta más íntima de nuestra protagonista.

Era del día la parte prohibida cuando Teodoro y Marcela satisfacían lujuriosamente sus deseos. Diana, el ojo de la noche, oye algo, quizás  sospecha algo. La Diosa de la casa intuye que alguien ha entrado en su hogar y que algún acto pecaminoso ha realizado. Irracionalmente llama a cada uno de sus criados. Quiere saber, brama unir las piezas del puzle. Los secretos y los peligros al final se reflejan en la luz: Teodoro y Marcela se visitan, se quieren, pretenden unirse en matrimonio. A pesar de esto, Diana, esta luna, controla a través de sus fases los movimientos de estas mareas de pasión, reprimiendo en ocasiones sus instintos.

Como en el caso del refranero, la utilización de la luna como una imagen o un símbolo de seguridad, decisión y arrogancia, ha sido utiliza por múltiples autores. Entre ellos podríamos mostrar un fragmento del poema de Federico García Lorca, perteneciente a Romancero Gitano, publicado en 1928.

La luna vino a la fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira, mira.

En el aire conmovido

mueve la luna sus brazos

y enseña, lúbrica y pura,

sus senos de duro estaño.[14]

De igual forma podemos apreciar a a Luna como un algo o, incluso, un alguien impoluto, fuerte, tajante, con un poder tal, que coexiste entre la vida y la muerte. Cierto es que la composición de Federico García Lorca es muy posterior pero, analizándola, podremos subrayar de nuevo la importancia del tópico para escritores destacables por su relevancia y maestría.

Mitológicamente, el personaje de Diana también tiene mucho que aportar. Diana es una diosa itálica y romana identificada con la diosa griega Artemis. Ciertas tradiciones hacen de ella la hija de Ceres, Diosa de la agricultura, aunque es más reconocida como la hermana gemela de Apolo, hija, como él, de Júpiter y Latona. Nació en Delos y, tan pronto como hubo nacido, ayudó a venir al mundo a su hermano Apolo. Es considerada la diosa de la caza y de los bosques, y, al igual que su hermano, va armada de arco y flechas. Sus flechas son imágenes de los rayos lunares ya que también es considerada la Diosa de la luz lunar. Además, presenta un cuarto creciente adornando su cabellera.

La simbología de Diana hace de ella una Diosa orgullosa y arisca. Desea permanecer virgen y proteger la castidad de los jóvenes y doncellas a quienes intenta apartar de la influencia de Afrodita[15], que constituye una figura antitética. Ella es quien envía a las mujeres que mueren de parto el mal que se las lleva. Es vengativa, y fueron muchas las víctimas de su cólera.

Únicamente se contentaba con la caza. La mayoría de sus leyendas son relatos de cacerías que presentan a la Diosa salvaje de los bosques y montañas, cuyos compañeros habituales son fieras. Protegía a las Amazonas[16], cazadoras e independientes como ella, del yugo del hombre.

Si nos fijamos en cada uno de los atributos y características de la Diosa Diana y los relacionamos directamente con nuestra protagonista presenciamos que Diana es el vivo retrato de  Artemis ya que parecen figuras gemelas.

La conversación mencionada anteriormente entre Fabio y Anarda arrastra sutilmente una primera aparición del símbolo de la Luna, haciendo referencia a esta como al poder femenino, la Diosa Madre, fruto de lo irracional y de la vida sexual retraída. Ahora encontraremos que la propia Luna se personifica en la Diosa Diana y, a su vez, en nuestro personaje, mostrándonos la minuciosidad con la que Lope de Vega trataba a sus personajes así como la intención de crear a la perfección una personalidad que quede englobada en un nombre, Diana.

Fiel a la simbología, la Diana de Lope de Vega es orgullosa y arisca.

DIANA. ¡Ah gentilhombre, esperad!

¡Teneos, oíd! ¿Qué digo?

¿Esto se ha de usar conmigo?

¡Volved, mirad, escuchad!

¡Hola! ¿No hay aquí un criado?

¡Hola! ¿No hay un hombre aquí?

Pues no es sombra lo que vi

ni sueño que me ha burlado

¡Hola! ¿Todos duermen ya?

Sale Fabio, criado

FABIO. ¿Llama vuestra señoría?

DIANA. Para la cólera mía,

gusto esa flema de da.

Corred, necio, enhoramala,

pues merecéis este nombre,

y mirad quién es el hombre

que salió de aquesta sala.[17]

El trato a sus criados no solo hace ver al lector la grandilocuencia de la valía social de la protagonista sino también el orgullo de una mujer de sus características así como la personalidad esquiva que simboliza su nombre.

La virginidad y la castidad también entran dentro de la personalidad del personaje mitológico. Concretamente en nuestra obra Diana se muestra desdeñosa ante una serie de pretendientes de gran talante, gallardía y riqueza.

RICARDO. Con el cuidado que el amor, Diana,

pone en un pecho que aquel fin desea

que la mayor dificultad allana

el mismo quiere que te adore y vea

solicito mi causa, aunque por vana

esta ambición algún contrario crea,

que dando más lugar a su esperanza,

tendrá menos amor que confianza.

Esta vuseñoría tan hermosa,

que estar buena el mirarla me asegura;

que en la mujer (y es bien pensada cosa)

la más cierta salud es la hermosura;

que en estando gallarda, alegre, airosa,

es necedad, es ignorancia pura,

llegar a preguntarle si está buena

que todo entendimiento la condena.[18]

Ricardo, un noble que está interesado en casarse con nuestra protagonista, pretende a través de estos versos expresar, de forma culta, sus sentimientos. Hace uso de palabras lisonjeras para conseguir su fin. Sin embargo, Diana se mantiene fiel a sus ideales y nunca les muestra el mínimo interés.

No sabemos si esto ocurrirá por la gran atracción que siente hacia Teodoro o, simplemente, por la satisfacción que le produce comportarse como un personaje altanero y autoritario. Ni ella se ve influenciada por la sensibilidad de Afrodita ni tampoco permite a los jóvenes y a sus doncellas que se vean influenciados. En nuestra obra, no solo juega con el personaje ingenuo de Teodoro, sino que es capaz de hacer casar a sus doncellas con quien ella predisponga.

MARCELA. ¿No tomas resolución?

DIANA. No podré vivir sin ti,

Marcela, y haces agravio

a mi amor, y aun al de Fabio,

qué sé yo que adora en ti.

Yo te casaré con él;

deja partir a Teodoro.

MARCELA. A Fabio aborrezco; adoro a Teodoro.

DIANA. (¡Qué cruel

ocasión de declararme!

¡Mas tenéos, loco amor!)

Fabio te estará mejor.[19]

Egoísta, es una figura totalmente egoísta y egocéntrica. No le importan los sentimientos de aquellos que la rodean. Solo le importa ella misma y su bienestar propio. Durante toda la obra la contemplamos como un personaje que no está conforme con su vida ni con su condición social. Odia estar enamorada porque su naturaleza misma desprecia al amor. Por esta razón, este juego de paradojas da de sí a una Diana totalmente contradictoria, una Diana que siente pero que no quiere sentir. Una Diana así:

DIANA (sola). Mil veces he advertido en la belleza,

gracia y entendimiento de Teodoro,

que, a no ser desigual a mi decoro,

estimara su ingenio y gentileza.

Es el amor común naturaleza,

mas yo tengo mi honor por más tesoro;

que los respetos de quien soy adoro

y aun el pensarlo tengo por bajeza.

La enviadia bien sé yo que ha de quedarme,

que si la suelen dar bienes ajenos,

bien tengo de que pueda lamentarme,

porque quisiera yo que, por lo menos,

Teodoro fuera más para igualarme,

o yo, para igualarle, fuera menos.[20]

Una vez advertidas estas citas de la obra, podemos alabar la capacidad que ha tenido nuestro autor de adaptar a la perfección al personaje. Ha revivido a una Diosa de la mitología sumida en el olvido con una picardía medida al milímetro. La ha circundado de una serie de personajes que han facilitado la identificación de la protagonista y, además de eso, ha situado la acción en Italia, concretamente en Belflor[21], lugares que conforman los orígenes de la Diosa Diana.

El carácter de la protagonista también se refleja sobre el vestuario y la capacidad expresiva de esta. El título nobiliario de condesa repercute en las vestimentas de Diana. Los largos vestidos de seda, los escotes prominentes y los sofisticados peinados, conforman  el atuendo de la nobleza de la época.  Tanto el libro como la película dirigida por Pilar Miró en 1995, ponen de manifiesto esta descripción. Incluso el mobiliario decorativo del hogar, está bañado de la riqueza propia del tan alto estrato de la protagonista.

La soberanía una vez más destacada de nuestra noble se puede contemplar también en la capacidad expresiva de esta. Las interrogaciones directas van de la mano de esta soberanía. La autoridad del personaje es directamente proporcional a la contundencia de sus palabras, hecho contemplado en las siguientes interrogaciones: “¿Tú quieres casarte?” (v. 1023), “¿Qué le has dicho…?” (v. 1049), “¿Cómo requiebran…?”(v. 1050), “¿Con qué palabras?” (v. 1055). Las formas negativas también se aprecian en algunas de las preguntas de la condesa: “¿No es verdad que quieres…?” (v. 1035), “¿No le has dicho?” (v. 1045). Extraño es el caso en el que la protagonista deja a un lado el tono inquisitivo en la obra y saca a relucir la alegre faceta de una mujer enamorada.

Lo cierto es que los lectores conformamos a los personajes de cualquier obra literaria. En este caso el personaje de Diana ha connotado una serie de símbolos e imágenes, que, unidas a las descripciones del propio libro y a ciertas escenas de la película, nos han permitido realizar una figuración completa de la protagonista enfocada desde distintos puntos. Hablábamos del refranero tradicional, de la imagen de la Luna, la simbología de su nombre, los orígenes mitológicos, el atuendo y la labia de esta. Hemos acotado al personaje de principio a fin y hemos contemplado la correlación que existe entre este y sus atributos. Sin embargo, todo lector reflexivo se cuestiona una vez finalizada la obra; ¿por qué?, ¿cuál ha sido la intención del autor al crear un personaje así? La verdad es que esta gran obra conduce al lector a reflexionar sobre ello. Primeramente, siguiendo un orden cronológico, y encontrándonos en el siglo XVI es muy normal que Lope de Vega cree una trama de este estilo. El amor en el siglo XVI era un amor rezagado y determinado por la condición social y por aquella época Lope era un poeta innovador que vencía a los modelos clásicos para lanzar los suyos propios. Así pues la obra podría ser enfocada en este caso hacia una crítica al modelo social de la época haciendo uso del tópico del amor entre personas de distinto estrato social. Si bien recordemos que Lope de Vega fue hijo de montañeses, y puede que su condición social le repercutiera a la hora de tratar el tema. De esta forma el mensaje implícito quedaría expuesto en los caracteres de ambos protagonistas: Teodoro y Diana. Teodoro muestra una personalidad ingenua e inconstante en manos de Diana. El muchacho desdichado se ha enamorado de la ‘donna angelicata’[22] y esta no se lo piensa poner fácil. Este tipo de amor queda totalmente escindido de la idea platónica del ‘bien’[23] y muestra tras un velo traslúcido la imagen de una fémina sabia que come de la manzana de Eva.

De esta forma se desarrollará la trama entre los protagonistas. Sendos personajes fueron creados por nuestro autor con tal talante que cualquier lector podría habitar en la piel de estos y mirar a través de sus ojos.


[1]Estrato social de origen o relativo a las montañas.

[2]Técnica basada en la utilización de versos asimétricos.

[3]Acto de parcialidad que se produce entre los personajes al final de una obra en función de lo que cada cual merece.

[4] Nueva forma de entender el amor desarrollada durante la época renacentista (ss. XV y XVI). Consistía básicamente en considerar que el amor es el único capaz de promover la unión entre seres para que estos puedan alcanzar la perfección y aproximarse a la divinidad.

[5] Frida Weber de Kurlat, “El perro del Hortelano, comedia palatina”, Nueva revista de filología hispánica, XXIV, núm. 1, 1975, p. 363.

[6] Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellano o española, edición de Martín de Riquer, Barcelona, Alta Fulla, 1987, p. 864b.

[7] Gonzalo Correas, Vocabulario, ed. cit., p. 108b.

[8] Diccionario de Autoridades (1726-1737), ed. Facsímil, Madrid, Gredos, 1979, III, p. 232b.

[9] Lope de Vega, El perro del hortelano, Bruño, Edición de Felipe B. Pedraza Jiménez, Madrid, 2007, vv. 2181-2204.

[10] Vid. vv. 2194, 2297, 2355, 3071, 3156 y 3382.

[11]Fernando de Rojas, La Celestina, Planeta, Edición Humberto López Morales, Barcelona, 1980, p.123.

[12] Miguel de Cervantes, “La guarda cuidadosa”, Entremeses, Cátedra, Madrid,  2009.

[13] Lope de Vega, op. cit., vv. 154-160.

[14] Federico García Lorca, Romancero gitano, Ed. Busma S.A., Madrid,  pp. 43, 44.

[15] Diosa griega del amor, la lujuria, la belleza, la sexualidad y la reproducción. El sentido de su amor alude a una atracción física y sexual.

[16] Pueblo legendario de mujeres guerreras de la mitología griega.

[17] Lope de Vega, op.cit., vv. 5-20.

[18] Ibíd., vv. 689- 704.

[19] Ibíd., vv. 2704- 2715.

[20] Ibíd., vv. 325- 338.

[21]Condado ficticio de Nápoles donde se localiza nuestra protagonista.

[22] Término italiano utilizado en literatura para denotar a una amada  que se encuentra a la altura de los ángeles pero que puede llegar a ser fría y desdeñosa.

[23] Ana María Platas Tasende, Diccionario de términos literarios, Espasa, Madrid, 2007.

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