La película recomendada de la semana: Días de radio, de Woody Allen

En la Dissertatio Medica de Nostalgica oder Heimweh, publicada en 1688, el médico suizo Johannes Hofer define por primera vez una extraña enfermedad que había observado en algunos soldados. Tristeza, desconcentración, falta de apetito e insomnio eran los síntomas más comunes de dicha dolencia, que en alemán ya poseía un nombre, heimweh -literalmente: deseo intenso de estar en casa-, pero a la que Johannes Hofer, en su pretensión de otorgarle categoría universal, quiso llamar de otra manera. Para ello, inventó un término compuesto por los vocablos griegos nostos -‘regreso’- y algos -‘dolor’-, y aportó así al lenguaje humano la hermosa palabra ‘nostalgia’ –el dolor del regreso o el dolor por regresar-, sin la cual no se entenderían muchas de nuestras emociones más profundas o, sin ir más lejos, un buen puñado de obras de arte.

La película de esta semana, Días de radio (1987), es una hermosa -y divertida- oda a la nostalgia. Woody Allen, su director y guionista, recupera los años de su infancia para ofrecernos un mundo, el de la Segunda Guerra Mundial, en el que la televisión no había llegado todavía a los hogares y la radio no solo era el medio imprescindible de información y entretenimiento, sino el eje en torno al que giraban los horarios, los deseos y, en definitiva, la vida de la gente. A través de una serie de acontecimientos hilvanados únicamente con la fina trama de los recuerdos personales, el bueno de Woody -la voz en off que narra la historia- nos presenta las pequeñas glorias y derrotas de una numerosísima familia de Rockaway Beach -Brooklyn-, las primeras inquietudes de la niñez, el extraño amor a gritos del matrimonio o el pertinaz fracaso en el que acaban la mayoría de los sueños. Y, como no podía ser de otra manera, también nos descubre el jazz, la música ligera y, sobre todo, las vidas llenas de glamour de las celebridades del momento, aquellos locutores que congregaban a millones de americanos alrededor de un aparato de radio.

Cuando se hace un repaso a la cinematografía de Woody Allen y se discute acerca de qué películas ocupan la cúspide de su carrera, lo críticos suelen olvidar Días de radio. No ha tenido la valoración de films tan renombrados como Manhattan -proyectada cuando el Cineclub La Zona gozaba de buena salud-, Hannah y sus hermanas u Otra mujer. Y sin embargo para mí continúa siendo una de sus obras maestras indiscutibles. En ella podréis asistir a los acostumbrados golpes de humor de su director o al magnífico trabajo de un elenco de actores –Mia FarrowDianne WiestDanny Aiello, son algunos de ellos- en perpetuo estado de gracia. Pero también apreciaréis, si alguno de vosotros ha tenido el buen gusto de ver otras pelis de Allen, que la ambientación está excelentemente trabajada y -lo más importante- que hay un ligero toque de honda ternura, un leve pellizco de serenidad en la mirada y una sutil pizca de sincera compasión por los personajes; ingredientes todos ellos que no suelen ser muy habituales en la filmografía del genio de Manhattan.

Y es que, lo que para el suizo Johannes Hofer era una enfermedad, para Woody Allen no es sino un estado de ánimo que se debate entre la felicidad por poder regresar montado en esa alfombra mágica que es el cine, y el poso amargo que deja la certeza de que las épocas doradas de la vida son irrecuperables. Porque, como ya sabréis, no solo se tiene nostalgia de un lugar, sino que se añora sobre todo la época a la que generalmente se asocia dicho lugar. Cada momento de nuestras vidas oculta un secreto nexo de unión que nos vuelve esclavos de nuestro pasado, y, precisamente por ello, se podría afirmar también que todo “instante nostálgico” -y esta película es uno de esos instantes- es en realidad una reflexión sobre el tiempo transcurrido.

Espero que os guste y que, por supuesto, os produzca toneladas y toneladas de nostalgia.

Aquí la peli, como siempre.

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Categorías: Recomendaciones, Reflexiones

Autor:David López Sandoval

Profesor del IES Los Cantos

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