La Celestina. Comentario de texto. Acto XIX

Fragmento propuesto para su comentario:

MELIBEA. ¿Qué quieres que cante, amor mío? ¿Cómo cantaré, que tu desseo era el que regía mi son y hazía sonar mi canto? Pues conseguida tu venida, desaparescióse el deseo; destémplase el tono de mi boz. Y pues tú, señor, eres el dechado de cortesía y buena criança, ¿cómo mandas a mi lengua hablar y no a tus manos que estén quedas? ¿Por qué no olvidas estas mañas? Mándalas estar sossegadas y dexar su enojoso uso y conversación incomportable. Cata, ángel mío, que assí como me es agradable tu vista sossegada, me es enojoso tu riguroso trato; tus honestas burlas me dan plazer, tus deshonestas manos me fatigan quando passan de la razón. Dexa estar mis ropas en su lugar, y si quieres ver si es el hábito de encima de seda o de paño ¿para qué me tocas en la camisa?, pues cierto es de lienço. Holguemos y burlemos de otros mil modos que yo te mostraré; no me destroces ni maltrates como sueles. ¿Qué provecho te trae dañar mis vestiduras?

CALISTO. Señora, el que quiere comer el ave, quita primero las plumas.

 COMENTARIO DE TEXTO DE MARIQUETA MORENO SÁCHEZ. 1º AH

Nos encontramos ante un fragmento del acto decimonoveno de La Celestina. Fernando de Rojas es el autor conocido de la obra ya que, como sabemos, esta fue comenzada por un escritor anónimo. La primera edición fue publicada en Burgos en 1499, sin embargo la edición carece de la primera hoja, por lo que se considera prínceps a la edición de Toledo de 1500. Más tarde aparecieron otras ediciones como la Zaragoza, donde Rojas amplía cinco actos y el nombre definitivo de la obra, Tragicomedia de Calisto y Melibea. La fuerte personalidad y el interesante personaje de Celestina darán lugar a que la obra tome finalmente su nombre.

No sabemos la intención por la cual el autor de los primeros actos de la obra pretendía influir en la sociedad. Rojas hará mención a ello en la “Carta a un su amigo”, donde alabaría la forma de la obra y la maravilla que posee en sus manos. En un acto de humildad resaltará que su estilo  será mucho más sencillo, muchos más pobre y carente de calidad (captatio benevolentiae). En cuanto a su intención, sí la sabemos: docere et delectare en toda regla a través de un argumento que despertó a la sociedad de la época y que se mantendrá vigente durante siglos. Adentrémonos en el análisis del fragmento.

Estilísticamente no hay mucho que añadir al comentario. Al tratarse de una tragicomedia, únicamente encontramos las características del teatro. Vemos una conversación entablada entre Calisto y Melibea. Esta conversación no podría ser escenificada debido a los largos parlamentos recitados por ambos personajes. En cuanto a las figuras o artificios del lenguaje destacan las interrogaciones retóricas utilizadas por Melibea, exageraciones propias del Petrarquismo, epítetos, enumeraciones y la última metáfora o símbolo -según se mire- de Calisto. La consideramos como metáfora si relacionamos al ave con Melibea y a las plumas con sus trajes. Apreciaríamos un símbolo si consideramos al ave imagen de la caza sensual del hombre y a las plumas aquello que le impiden cumplir su verdadero deseo, poseer a su presa. Tomando a Calisto como ejemplo, podemos matizar más la idea puesto que no sabemos si realmente sus intenciones son las percibidas desde el deseo sexual o si, conforme a sus palabras, su sentimiento petrarquista es sincero y puro. Un refrán puesto en boca por un individuo perteneciente a una clase privilegiada distorsiona su decoro, curiosidad que comentaré más adelante.

Vamos a pasar a comentar el argumento. Brevemente, resumiré acontecimientos pasados que han condicionado que el acto decimonoveno  se desarrolle de este modo.

Cumplido el propósito de Celestina de hacer de Melibea una enamorada de Calisto, esta sale bien parada, tanto, que la envidia, la justicia y el destino la matarán. Pármeno y Sempronio acabarán con su vida tras un arrebato de codicia y de venganza. La  humana y “poética” terminará a su vez con ellos. Pero mientras estos mueren, nos encontramos con un Calisto y una Melibea que han invertido sus papeles. Mientras que Melibea se consumirá de amor por Calisto, este no hará más que cuestionar ese deseo que primeramente asolaba su alma. Las continuas muertes le hacen dudar sobre los verdaderos fundamentos de su amor. La culpa lo invade y lo hace vacilar. Aunque preguntémonos: ¿es la culpa aquello que le hace dudar o nunca sintió el amor que mediante palabras nos dio a conocer? Descartes nos ofrecería una respuesta muy sencilla al embrollo: ante la duda, todo es nulo. De esta manera llegaremos a la escena del acto decimonoveno en la que parece que ese amor petrarquista y colmado de perfección y redención va a ser hurtado y transformado en simple instinto. Impulsos a través de los cuales vemos el verdadero interés de Calisto por aquella tan pura y casta Melibea, un interés físico, animal, inherente a la especie humana. Un interés oscuro envuelto en un montón de palabras refinadas y cultas con segundas intenciones. Cinismo lo podríamos llamar en la actualidad.

Es así como me gustaría enlazar el argumento con la contextualización. Las palabras, la forma, los gestos, la escena, la imagen… lo son todo. Vemos que a lo largo de la obra cada cual presenta el decoro característico de su clase social. Y es que de esto depende todo. Nuestras palabras son el cebo en el que pican siempre nuestras presas. Celestina, relacionada con la brujería y las artes oscuras, no utiliza más que sus palabras para engatusar a todos sus rehenes y para hacerlos pensar de igual forma o de forma paralela a ella. Lo vemos en el caso de la propia Melibea, que afirma que gracias a esta viaja alcahueta se enamorará finalmente de su Dios, Calisto. También lo vemos en Areúsa, en el convencimiento que presentaba al acostarse con Pármeno. Y lo vemos en este acto también. Calisto tan solo ha envuelto en palabras sus deseos y ahora los muestra con sus manos, con sus palabras, con la escena: Deja estar mis ropas en su lugar y, si quieres ver si es el hábito de encima de seda o de paño, ¿para qué tocas la camisa?.

No será el único que emplee dicha táctica. Si recordamos la historia de Don Melón y Doña Endrina veremos que hechos similares sucederán. Palabras engalanadas de Don Melón y de aquella persuasiva Trotaconventos harán que Doña Endrina caiga embelesada en los brazos del pretendiente. Así lo escribió Juan Ruiz y así apareció su intención en su prólogo. Primeramente nos lo introducirá con una cita latina que dice: yo te instruiré, te enseñaré el camino que debes seguir, con los ojos puestos en ti seré tu consejero. Acordarnos nos hace de aquel docere et delectare nombrado anteriormente, mediante el que Fernando de Rojas sitúa la intención de su obra. Deleita  a aquellos que no son capaces de interpretar las intenciones del autor y enseña a aquella minoría que lee la obra. De igual forma Juan Ruiz lo expone: aquellos de poco entendimiento no se aburrirán leyendo el cotidiano mal que hacen o que tienen la voluntad de hacer los porfiosos hombres; aquellos de buen entendimiento se instruirán en sus consejos y se salvarán de aquel mal y de aquella corriente de amor loco, consecuencia de lides pasionales. Ambas grandes obras comenzarán con el único objetivo de mostrarnos las muchas y engañosas maneras con las que los hombres engañan a las mujeres, lo lejos que queda el petrarquismo y sus ideales, la falsedad de considerar a la amada el fin y no el medio, romper con la idea utópica de la amada para abrir mentes y hacer ver que el ser humano no se aleja tanto de sus semejantes, los animales.

Pero entonces… ¿dónde están?, ¿dónde fueron a parar aquellos trovadores cultos y cortesanos que se reunían en las cortes para adorar la belleza, el amor cortés y la estética? ¿Existieron? ¿Fueron formas de escribir o sentimientos sinceros? ¿Y aquella Donna Angelicata? ¿Fue algo más que el nombre que dieron ciertos ansiosos de instinto a sus medios de satisfacción? No lo sé, únicamente salta a la vista que calaron en los siglos, que inventaron nuestra forma de amar, que le dieron nombre y apellido a nuestros sentimientos y que escondieron sobre todo el instinto e impulso del ser humano. Visto así no será raro que Rojas se oculte al principio tras el anonimato, ya que las repercusiones de la crítica creada no recaerían exclusivamente sobre él.

Otro tema que me gustaría mencionar es el tema de la dignidad y la honra. En plena Edad Media y bajo una sociedad estamental, el burgo se escindirá en función de su economía. Dependiendo de esta y del estamento al que perteneciera una persona, su dignidad cobraba una importancia u otra. Tanto Calisto como Melibea son personajes que pertenecían a clases altas. ¿Dónde queda la dignidad de ambos al esconderse en el huerto para poder verse? ¿Dónde queda la educación de Calisto al despojar de ropas, sin más, a Melibea? Hace de ella una indigna, se comporta como si estuviese en un burdel. ¿No sería el deseo carnal un igualador social al igual que describe Manrique a la muerte? Indudablemente, sí. La imagen del huerto como punto de encuentro, los árboles de este que simbolizan el fruto, el halcón como símbolo de la caza y las plumas de este como el impedimento de que dicha caza pueda ser efectuada…

La verdad, no sé si existieron muchos Calistos y muchas Melibeas en el siglo XV o si simplemente fueron fruto del delirio de nuestro autor. Lo que sí puedo dar por seguro es que, antes que ellos, existieron otros muchos iguales, y que después de ellos también. Recordemos, si no, a Azorín, para quien vivir es ver pasar, ver pasar, allá en lo alto, las nubes. La idea del eterno retorno planteada por Nietzsche se halla presente aquí. Vivir es volver, ver volver la angustia, la tristeza, la felicidad o la fortuna, ya sea con ojos de Celestinas, de Calistos, de Melibeas, o de cualquiera de nosotros.

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Categorías: 1º Bachillerato Los Cantos, Reflexiones, Trabajos Los Cantos

Autor:Estudiantes

Estudiantes de Bullas y San Javier

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One Comment en “La Celestina. Comentario de texto. Acto XIX”

  1. Manuel
    22 abril, 2013 a 20:22 #

    Felicidades por tu comentario. Es una joya.

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