Lectura recomendada (y obligatoria) de la semana: “Las nubes”, de Azorín. 1º AH, BH y BC

Azorín no está de acuerdo con nosotros. El muy iluso confía en las palabras que se dedican Calisto y Melibea. Nada le demuestran las calabazas que recibió el bobo de Calisto en aquel encuentro en el huerto; incluso se permite ignorar esa descripción tan poco amable que la joven hizo de él ante Celestina, la primera vez que esta la visitó. Todas esas evidencias a Azorín le importan un bledo. Él continúa convencido de que aquí la historia se está desarrollando como Dios manda. Para colmo, piensa que la vieja alcahueta ha actuado correctamente. Su tesis es que Melibea ha amado a Calisto desde el principio y que le ha costado darse cuenta. ¿Acaso eso es tan raro?, se pregunta, ¿cuántos de nosotros no hemos necesitado un empujoncito para percatarnos de las cosas?; ¿quién no ha tardado una eternidad en encontrar algo que siempre había estado delante de sus narices?; de haber tenido cerca a alguien como Celestina, ¿no habríamos terminado por agradecerle que nos hubiera abierto los ojos? Calisto y Melibea se aman, dice una y otra vez a todo aquel que quiera escucharle, y, puesto que ambos pertenecen a familias distinguidas, asegura que no hay ningún impedimento para que en breve tengamos boda.

Pero a Azorín le pasa lo que a mucha gente: en el fondo es un sentimental y quiere creer que las cosas de este mundo tienen un orden y, sobre todo, un porqué. Hay constantes en la vida de los hombres, pautas, modelos que, según él, pasan generalmente desapercibidos. Estos patrones son los que otorgan orientación y hasta cierta armonía al universo. Son como la arena que hay bajo el agua. Miramos el mar, dice Azorín, y lo suponemos caótico, siempre en constante movimiento. Nos zambullimos sin embargo en él, y advertimos que el desorden en realidad esconde el silencio, la quietud, la paz de los fondos inalterables. Pues algo parecido observa en la vorágine de amos, criados y prostitutas. El oleaje del interés, del negocio, de la deshonra y de la traición -palabras todas ellas que, hasta el momento, han definido el culebrón protagonizado por Calisto y Melibea- no es más que eso, pura marejada. Bajo la espuma de los días, no obstante, aguarda una historia de amor que a buen seguro terminará felizmente. La misma, eterna historia de amor.

Sabemos que a un acontecimiento le sigue otro. Damos por sentado que la vida es una sucesión de instantes. Estamos seguros de que todo se pierde, de que el pasado es irrecuperable. Y pensamos que lo normal es que así sea. El amor de Calisto tuvo un principio y tendrá, por supuesto, su final. Celestina habrá de morir algún día. Melibea, la pobre, es una prisionera del tiempo, al igual que todos nosotros. Esa sensación de los primeras semanas que hacía imposible que nos separásemos de la persona amada, ¿no terminó desvaneciéndose? Aquellos primeros besos, ¿no son ya irrecuperables? ¿Quién podría pensar de otra manera? ¿Qué loco imaginaría una existencia que no fuese un lento e implacable acercamiento hacia la muerte? Pues resulta que ese loco es Azorín. Y afirma sin rubor que nada tiene principio ni final, y no porque las cosas sean eternas, sino porque todo nace y muere, y vuelve a nacer y a morir constantemente. El día de hoy se repetirá infinitas veces. Infinitas veces nos levantaremos e iremos al instituto. Infinitas veces volverán a estar presentes las personas que conocimos. Infinitas veces regresarán las mismas cosas, con las mismas propiedades, en las mismas circunstancias, desarrollándose de la misma forma. Este ciclo eterno es para Azorín el orden inalterable del universo, el fondo marino que las olas ocultan ante nuestra mirada, el patrón mediante el que se rigen todas las cosas de este mundo. Por eso el amor de Calisto y Melibea es una historia perenne, es “la” historia por excelencia, una recurrencia más dentro del gran círculo del tiempo, dentro de este  eterno retorno.

Pero, entonces, si esto es así, ¿por qué no nos damos cuenta?, ¿por qué la mayoría de nosotros piensa que todo es perecedero? Nos falta, explica Azorín, la mirada adecuada, nos falta la precisa tranquilidad de espíritu para poder detener nuestro paso, respirar profundamente y atender con ojos distintos la realidad de las cosas. La prueba de que el tiempo es circular está precisamente en los detalles. Una tarde de primavera, por ejemplo, no sabemos muy bien cómo matar el tiempo, abrimos la ventana de nuestro cuarto y nos asomamos. Por el cielo, de un azul intensísimo, pasan lentas las nubes. Las hay de numerosas formas, pero todas muestran un volumen que nos hace desear tocarlas. Son blancas, de una blancura que duele en los ojos. De repente -debe de ser el aburrimiento-, nos quedamos absortos contemplándolas. Los mil pensamientos que hasta ese momento enmarañaban nuestra mente desaparecen poco a poco y nos vamos concentrando en la visión de las nubes, que surcan como grandes navíos el pedazo de cielo que observamos desde nuestra posición. Estas nubes, pensamos entonces, son todas diferentes pero también iguales. Estas nubes, ¿acaso no son las mismas de aquel día? En realidad importa poco el día en cuestión, pero seguro que en ese instante recordáis un cielo semejante, si no exactamente igual, al que ahora contempláis en un día de aburrimiento parecido al de ese preciso momento. Y os dais cuenta entonces de que, como las nubes, todo regresa, todo comienza de nuevo para acabar de la misma forma, y así por los siglos de los siglos, amén.

Azorín os explicaría que durante esa tarde de primavera habéis adquirido, sin saberlo, “la mirada”. Y que también habéis descubierto ese orden oculto -submarino- del mundo. Con una sonrisa de triunfo en los labios, Azorín os diría: bienvenidos a la realidad, ahora estáis preparados para ver qué esconde la historia de amor entre Calisto y Melibea; podréis comprender que ambos son personajes de un argumento que se repite hasta el infinito, y que el flechazo, las dudas, las emociones que ahora sienten se han repetido eternamente en el universo; os daréis cuenta al fin de que los enamorados sois vosotros mismos, y que su amor es, por supuesto, el amor que os arrebatará el corazón tarde o temprano…

Como siempre fue. Como siempre suele ser. Como será siempre.

P.S.: Para leer e imprimir Las nubes, de Azorín -incluido en su libro, Castilla por favor, pinchad aquí. Y acordaos de llevar el texto a clase el próximo lunes.

Y, como bonus track:

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Categorías: 1º Bachillerato Los Cantos, Fotocopias Los Cantos, Lecturas Los Cantos, Literatura Los Cantos, Reflexiones

Autor:David López Sandoval

Profesor del IES Los Cantos

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2 comentarios en “Lectura recomendada (y obligatoria) de la semana: “Las nubes”, de Azorín. 1º AH, BH y BC”

  1. 18 noviembre, 2011 a 19:05 #

    Estimados alumnos del pedazo de profesor éste que es el señor López Sandoval,

    me presento. Yo también soy profesor y me llamo Antonio. Profesor de la vetusta sabiduría filosófica. Cuando eres un enano, hay cosas que te parecen tremendamente importantes, increíblemente cruciales. A cada uno las suyas. A mí el primer disco y el primer libro que me fui a comprar solo me proporcionaron algo así como un ataque de nervios, un momento de máxima intensidad. Figuraos, la Gran Vía de Madrid, el Metro, todos tan mayores, la librería de Espasa Calpe, todos tan serios, tú tan crío… Me acerqué al mostrador y pedí un libro: “Castilla” de Azorín, de Biblioteca Nueva.
    Años después, junto a un gran amigo, veía pasar las nubes por los cielos segovianos, y nos acordábamos del ferrocarril, de Calisto y Melibea, del paso del tiempo. Aprendía a adjetivar de a uno con Borges, de a dos con Ortega y de a tres con Azorín, Su sobrino fue mi maestro, y mi primer libro gordo lo publiqué también en Biblioteca Nueva. Cosas del destino. Ahora, gracias a David, vuelvo a rememorar las nubes, y me gustaría que pudieseis, como yo, acordaros, dentro de muchos años, de esas letras.

    Y del profesor que os las enseñó.

    Un cordial saludo, a todos.

  2. ryan
    12 febrero, 2013 a 12:26 #

    tremendo

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