Cineclub La Zona. The End

Ayer por la tarde, José Luis, Juani, Isidoro y un servidor, mientras esperábamos la proyección de Amor a quemarropa, tuvimos una visita inesperada. Por la puerta del instituto, esa que cruzáis cinco días a la semana cabizbajos y resignados como si fuerais reses entrando en el matadero, aparecieron varios tipos extraños que enseguida reclamaron nuestra atención. Eran cinco y se nos presentaron con curiosa ceremonia. En su voz destacaba un acento yanqui y jovial. En su mirada, sin embargo, se adivinaba cierto reparo ceremonioso no exento de temor. John, Woody, Frank, Billy y Clint eran sus nombres. Venían a pedirnos, a suplicarnos que dejáramos de proyectar películas, que nos olvidásemos del cineclub, que mandásemos definitivamente a paseo esta actividad, pues el daño que les estábamos haciendo, no solo a ellos, sino a los compañeros a los que representaban, estaba a punto de ser irreparable. Podéis imaginaros nuestra estupefacción inicial. Los cuatro profesores nos miramos sin saber muy bien qué decir. Supongo que en esos momentos todos pensábamos que la propuesta era inadmisible, que una actividad tan novedosa y sugestiva como la del cineclub tenía que seguir adelante costara lo que costase; además, ¿de qué manera podría ser perjudicial el hecho de que los alumnos de Los Cantos pudieran disfrutar, dos veces al mes, de unas cuantas obras maestras de la historia del cine? Juani, la más aguerrida y perspicaz de los cuatro, se atrevió a preguntarles si no trabajarían en realidad para la SGAE y si se habían plantado allí para cerrarnos el chiringuito por proyectar películas sin haber pagado el obligado impuesto revolucionario. Pero ellos, soltando una sonora carcajada, negaron tal cosa y nos juraron que eran humildes representantes de un montón de gente temerosa -y lo repitieron esta vez muy despacio- de que el séptimo arte se fuera al garete irremisiblemente por culpa del Cineclub La Zona. Como nosotros seguíamos dando muestras de no comprender nada de lo que habían dicho, ellos, muy amablemente, intentaron explicar las razones de semejante temor. Estas fueron, en definitiva, algunas que adujeron:

• Las películas se hacen generalmente para soñar, porque para soñar también se han concebido las cosas bellas. Los alumnos de Los Cantos, sin embargo, hace tiempo que dejaron de soñar y, sobre todo, de estar interesados por la belleza de las obras del ser humano. Su cerebro y su mirada son como dos bloques de granito, llenos de aristas, infranqueables, inconmovibles. No, ellos no sueñan, sino que se limitan a dejarse llevar por la vida, como quien, hinchado por el aburrimiento y la monotonía, flota sobre las olas. Además, disfrutar del cine, a pesar de su apariencia de espectáculo de masas, requiere atención y aun cierta delicadeza. Los alumnos de Bullas, no obstante, desconocen el significado de esos dos términos. Su paso por el mundo está lleno de rudeza y brusquedad, pues brusca y ruda es la actitud de quienes ignoran lo bello. En definitiva, no está hecha la miel para la boca del asno.

• La actividad extraescolar del cineclub, por otro lado, está concebida como una especie de ampliación de perspectiva, como una ventana hacia otros países, otras vidas, otras maneras de pensar, otras ideas sobre el universo de los hombres. Los alumnos de Los Cantos, en cambio, hace tiempo que dejaron de tener perspectiva y, sobre todo, ganas de engrandecerla. A ellos les basta con la pequeñez de su mundo, con la estrechez de su mirada. No existe ante sus ojos más realidad que la que pueden concebir dentro de las fronteras de su pueblo, y, como mucho, se atreven a explorar únicamente los repugnantes territorios que la televisión les ofrece. Los alumnos de Bullas son limitados, sí, pero no porque sean menos inteligentes que los demás, sino porque valoran su limitación como una virtud, como un rasgo de distinción o de nobleza. Siempre y cuando el proceso de comprensión no suponga esfuerzo alguno, al final terminarán valorando únicamente aquello que puedan comprender.

• Dieciocho años de educación obligatoria y por narices han causado que no se sepa valorar todo aquello que no es imperativo. Cuanto de modo altruista se ofrece a los alumnos de Los Cantos es automáticamente ignorado o incluso vilipendiado. La búsqueda personal de la excelencia, el enriquecimiento individual, la satisfacción de esos pequeños/grandes descubrimientos que uno hace a solas, todo eso carece de sentido para ellos. Y el cineclub, si algún objetivo tiene, es el de presentarse como guía en este trayecto de la intimidad. No obstante, los estudiantes de Bullas oponen sistemáticamente a esto su más recalcitrante ignorancia. Los milagros del mundo que se les brinda a cada minuto pasan desapercibidos ante sus ojos porque al final -y esta es la única verdad en su pequeño mundo repleto de pequeñas conclusiones- todo les importa un bledo.

Estas fueron, en resumen, las explicaciones de aquellos cinco tipos tan extraños. Poco más estuvieron con nosotros. Antes de desaparecer tras el seto de la verja del instituto, sin embargo, uno de ellos se volvió y nos dijo que la prueba definitiva de que todo lo que habían dicho era cierto sería que esa misma tarde ningún alumno acudiría a la proyección de la película.

Veinte minutos después tuvimos que darles la razón. Por eso, tras dos años de existencia, el Cineclub La Zona proyecta en su pantalla el rótulo que pone fin a todas esas historias que a algunos sí nos han hecho soñar, explorar y descubrir:

THE END

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Categorías: Anuncios del Departamento, Reflexiones

Autor:David López Sandoval

Profesor del IES Los Cantos

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4 comentarios en “Cineclub La Zona. The End”

  1. Esperanza y Mariqueta.
    16 octubre, 2011 a 16:11 #

    Nos despertamos cada mañana para ver cómo a medida de los días se van cumpliendo paulatinamente nuestros sueños. La puerta que nos une directamente con la dimensión de nuestras expectativas es aquella “cárcel” de las que nosotras sacamos connotaciones positivas. Los rostros que se describen como lúgubres son aquellos que, reflejados en los cristales de dicha trena, nos muestran el reflejo de aquesta nuestra realidad; aquella en la que sí, muchos semblantes se tornan de gris pero otros intentan destacar en plata en medio de la perenne nombrada oscuridad. Dificulta nuestra tarea el hecho de que nos cubran con el velo de lo semejante y no incentiven nuestras diferencias. No hablamos de pedantería sino de huir de la generalización a la que estamos sometidos y en la que ciertos “tipos extraños” nos hunden como bloques de granito para expresar su resentimiento.
    ¿Soñar? Soñar es nuestra mayúscula a principio de frase, nuestro punto de dicha postrera. ¿Qué alicientes marcan nuestra vida si no son nuestros sueños? Nuestro futuro es sueño, nuestro esfuerzo es el eslabón que conforma la cadena de susodicha quimera. Nadie puede tomarse la libertad de juzgar sueños y mucho menos de atentar contra el interés que supone la aparición de estos. Veneramos el arte y puede, en cierta parte, que este conforme una porción de nuestros sueños, pero nunca podrán decirnos que dejamos de soñar por omitir en nuestra vida dos horas de una indudable magnífica proyección.
    Habríamos disfrutado de ella, no cabe lugar a dudas, pero nuestra ausencia por motivos justificados (que no vienen al caso) no nos convierte en asnos ignorantes de mundo limitado sin perspectiva ni delicadeza.
    Después de este nuestro alegato creo que es preciso afirmar que sí, apreciamos los milagros del mundo, de hecho este es maravilloso por sí solo y nos brinda frutos como la belleza de las obras del ser humano. Por ello directores/actores, hemos de deciros que a TODOS no nos importa un bledo.
    No hace falta ser cruel para ser crítico.

    • 16 octubre, 2011 a 16:34 #

      Esperanza y Mariqueta:

      ¿Cómo habéis sido capaces de daros por aludidas? En ningún momento pensé en vosotras cuando escribía este texto. Sé que, desde 3º, apenas habéis faltado al cine. Esto es lo malo de generalizar, por supuesto; siempre os las lleváis la minoría silenciosa que nada tiene que ver con esa gran mayoría a la que le importa un bledo todo. Son malos tiempos para las minorías, me temo.

      Si por un momento habéis pensado que me dirigía a vosotras, os pido, de todo corazón, disculpas.

      Un saludo.

  2. 24 octubre, 2011 a 11:31 #

    Después de todo…adiós al cineclub. Es una verdadera pena…

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  1. La película de la semana: Caballero sin espada | Departamento de Lengua Castellana y Literatura - 14 noviembre, 2011

    […] falta de Cineclub, os dejo aquí el enlace donde tendréis la posibilidad de descargar la peli gratuitamente. Espero […]

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